Trabajos y Comunicaciones, 2da. Época, Nº57, e185, enero - junio 2023. ISSN 2346-8971
Universidad Nacional de La Plata - Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Departamento de Historia.

Reseñas

Batticuore, Graciela (2019). Lectoras del siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina. Buenos Aires: Editorial Ampersand, 160 páginas, ISBN 978-987-4161-02-4

Sandra Santilli

Universidad Nacional de Quilmes, Argentina
Cita sugerida: Santilli, S. (2023). [Revisión del libro Lectoras del siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina por G. Batticuore]. Trabajos y Comunicaciones, 57, e185. https://doi.org/10.24215/23468971e185

Lectoras del siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina es una espléndida contribución a un campo disciplinario donde entran en diálogo la historia intelectual, la historia de la lectura y la historia de las mujeres. En ella Graciela Batticuore recorre, con un agudo sentido crítico, los lienzos de artistas, los intercambios epistolares y el mercado editorial, y propone hacer una mirada exhaustiva sobre las primeras figuraciones de las lectoras en distintos escenarios de la cultura argentina del siglo XIX.

En ese contexto de fines del siglo XIX y principios del XX, donde emergen los anhelos y las ansiedades en torno al “progreso civilizatorio”, se utilizan definiciones sobre el ideario “nacional” y no dejan de “marcar el ritmo las luchas facciosas y la inestabilidad política”, para Graciela Batticuore, “las lectoras irrumpen a cada momento como una ilusión civilizadora, una promesa de bienestar, pero también como un enigma inquietante de lo que vendrá y, a la vez, como una clave de interpretación para vislumbrar las derivas problemáticas que la vida moderna podría traer consigo” (pp. 15-16). Así explora, con destreza, distintas escenas de la vida pública y privada que componen un clima de época como si ella fuera una contemporánea de lo que observa. En ese sentido, se mueve con mucha versatilidad entre el abanico de posibilidades que expresan los materiales de época, y abona a la comprensión de la lectura apoderándose de la intimidad y los pormenores que reseña en las representaciones y las prácticas sociales. Sus detalles hacen tangibles los roles, los vínculos y los acuerdos tácitos que dan a conocer el relieve de esas prácticas letradas de hombres y mujeres en el período convulso y de cambio acelerado que se produce en el siglo XIX. La autora toma aquellos artefactos (los lienzos, las cartas, las novelas) y los cuestiona con interrogantes lúcidos para indagar “qué relación concreta existe entre los imaginarios de la mujer lectora y las prácticas letradas que ejercitaron ellas en las diferentes épocas” (p. 15), o invita a pensar “Por qué persisten a lo largo del tiempo y qué nos dicen todas esas imágenes inquietantes acerca de quiénes las compusieron, de quiénes posaron para ellas o miraron como espectadores activos, interactivos, el cuadro real o imaginario de una o varias mujeres leyendo, en diversos momentos y escenarios” (p. 15).

Batticuore organiza su libro en tres capítulos, a saber: “La lectora de periódicos”, “La lectora de cartas” y “La lectora de novelas”. En el primero de ellos se interesa por indagar los retratos que constituyen todo un símbolo de distinción social durante el Romanticismo. Allí descubre que en la serie de retratos pintada por Carlos Enrique Pellegrini no aparece la mujer lectora de periódicos o que “se entere de lo que dice la prensa a través de la voz de un mediador”, como sí se representan en otras obras de Benjamín Franklin Rawson o de Prilidiano Pueyrredón (pp. 22-23). A su vez, en estos últimos cuadros el foco de atención se encuentra en la posición del hombre como “el mediador de lectura, el guía y el maestro de las mujeres de la casa” (p. 24). Una representación de la sociedad patriarcal del siglo XIX vinculada al universo de la prensa y al ejercicio de la política en la cual no cabía pensar que la mujer se ocupara de los asuntos públicos. Sus retratos prefieren señalar a las lectoras que posan con “un misal, un libro o una carta en la mano” (p. 25). Asimismo, en aquellos cuadros que retratan escenas familiares en una situación de lectura de periódicos, la disposición de figuras que realiza el artista invita a seguir viendo al hombre de la casa leyendo o manipulando el periódico pero en una composición donde se lo ve integrado con sus convivientes, las señoras y criadas, y en la que cabe advertir la fusión del mundo letrado con el iletrado como un signo de previsión de futuro. Es decir, una de las perspectivas de las pinturas provee la imagen de una prensa que “ilumina” la cotidianidad del hogar y se proyecta sobre la cultura letrada en la sociedad del porvenir.

Pero Batticuore no se queda allí donde existen pocas figuraciones de las mujeres lectoras de periódicos; en cambio, investiga la abundancia de registros discursivos sobre lectoras “reales o imaginadas, elogiadas, amonestadas o temidas”. De esta manera, indaga ese mundo y señala que “ellas han sido constantemente interpeladas por escritores y publicistas, a menudo con el propósito de modelar su perfil de acuerdo con las expectativas, las necesidades o las urgencias de las diversas épocas” (p. 28). Sus representaciones emergieron desde el momento mismo de aparición de los primeros semanarios porteños que editaron reflexiones sobre la educación y el rol de la mujer. El Semanario de Agricultura, Industria y Comercio publicó opiniones divergentes sobre la necesidad de educar a las mujeres de clase baja o a las damas de la élite mientras tomó fuerza el imaginario de la lectora pobre y la idea de “ganar al pueblo” a favor de la causa revolucionaria. En estos círculos, la educación fue un tema candente y en simultáneo a las medidas de democratización cultural y los cambios del escenario político, el Correo de Comercio se hizo eco de las nuevas perspectivas y dio a conocer artículos sobre la educación de la mujer. Entre ellos, publicó una nota escrita por una lectora que “se hace oír sobre el tema” con la preocupación focalizada en la educación de las niñas pobres, pero también postulándose ella misma como una lectora “voraz” y “apasionada” que ansía consumir todo lo que le cae en las manos. Esa declaración, anota Batticuore, pone en escena un “hecho delicado” para las primeras décadas del siglo: el “pasaje de la lectura a la escritura femenina y, más concretamente, a la autoría” (p. 32). No se trata solo de decir algo sino de tomar la palabra, y de hacerlo con el perfil de una lectora/escritora moderna. Además es sugestivo que, en el contexto revolucionario, las voces femeninas se hayan sumado a cuestionar el ambiente doméstico y hayan apostado en las páginas de los periódicos por el derecho a instruirse, a informarse y a intervenir en su educación. En ellos puede revisarse la noción de “igualdad intelectual” y atender aquellas consideraciones sobre los artículos de El Observador que indican la problemática de la mujer lectora y cómo la visión del hombre sobre ellas los mantuvo en vilo.

Vayamos a “La lectora de cartas”, donde Batticuore se refiere al uso renovado del género epistolar que hicieron las mujeres lectoras o escritoras de cartas en distinto tiempo y lugar. Esto fue así porque, según lo ha considerado la propia autora y lo advirtió Sarmiento en sus escritos de viajes, “se trata de un género dúctil, maleable, tan propicio para comunicar ideas, trasmitir conocimientos y pareces, como para desplegar un estilo literario propio o componer un relato ameno, abierto a todo público y adecuado para la mitad ‘débil’ de la especie” (p. 71). Además, el camino de análisis que traza Batticuore plantea una exploración interesantísima sobre aquella “vertiente” del género que se encuentra “ligada a los circuitos privados, familiares, domésticos o a la sociabilidad recoleta de las elites letradas en salones y tertulias” (p. 71). Se presenta una “escritura intimista” que ha aparecido antes en otros registros, como autobiografías o diarios íntimos, y que recoge la primera persona de quien escribe “que estaba relativamente legitimada para las mujeres por considerársela acorde con su ‘naturaleza’ emotiva” (p. 72). Por allí la autora se introduce en el estudio de las cartas de amor que evocan la pasión y la exaltan a través de una textualidad erótica y prolífera. El universo de los enamorados invoca, según su analítica, el “uso de los diminutivos”, “la referencia a la lectura intensiva”, “la solicitud de que el interlocutor escriba más, con más frecuencia y mayor dedicación” de la misma manera en que estos recursos “mantienen vivo el vínculo amoroso en la distancia y propician la erotización de la mujer lectora” (p. 72). Es, a su vez, una retórica que, como indica Batticuore, aparece constantemente “interceptada y asaltada” por las vicisitudes de la guerra, el exilio y la revolución. Las cartas conectan a las personas, pero también explican los artilugios que sortean los que escriben, exponen sus peligros y dan cuenta de los esfuerzos que tienen que vivir, así como plantean situaciones más contextuales relativas a las condiciones del país.

Por otra parte, en el terreno de las figuraciones artísticas y literarias, la autora registra la distancia entre “las representaciones y las prácticas de las mujeres de la primera mitad del siglo XIX en la Argentina” (p. 104). La imagen que exponen algunas novelas y cuadros contrasta con las figuras que emergen del “Retrato de Manuelita Rosas” o de la correspondencia de la época. En ellos Batticuore da cuenta de mujeres que escriben e intervienen en la realidad política-cultural tal como aparece en las notas de Manuela, que “se carteaba con diversos allegados a Rosas, incluso con algunos que mantenían relaciones no tan armoniosas o transparentes con el gobierno” (p. 105). Aunque hacia los 80, esa representación literaria y artística de la mujer lectora de cartas cambió, y su corte político fue reemplazado por otro más afín a la modernización.

Finalmente, en “La lectora de novelas”, Batticuore trae a consideración el caso de Amalia, un clásico de la literatura argentina, escrito en 1851 por José Mármol, que ha constituido un símbolo del imaginario de la lectora romántica. Si bien la autora advierte sobre las distintas versiones de su reproducción, le interesan los desplazamientos que introduce, en la cinematografía de los años 30, la adaptación propuesta por Luis José Moglia Barth. En esta reproducción, el director “corre el foco de la poesía a la novela, es decir del género encomiado por la élite romántica a mediados del siglo XIX, cuando la poesía era considerada un arte excelso, a este otro que desde fines del siglo XVIII en adelante fue ganando popularidad hasta convertirse en uno de los preferidos del público” (p. 124). Y además, se da el lujo de invertir, piensa Batticuore, “la consabida imagen del hombre que lee para la mujer” por otra en la cual ella toma la palabra.

Asimismo, la lectura de las diferentes versiones de Amalia constituye el punto de la comparación con Camila en el caso que María Luisa Bemberg trae a la pantalla grande sobre los sucesos de Camila O´Gorman y el cura Ladislao, perseguidos y fusilados por Juan Manuel de Rosas. Batticuore revisa allí una versión que tiene por protagonista a una mujer lectora y que, como en lo sucedido con Amalia, “la lectura es un eslabón que junta la vida privada y amorosa con las pasiones políticas” así como “una actividad que pone en alto riesgo a quienes la practican” (p. 126).

Con todo, el capítulo pasa por diferentes argumentos que dejan a la vista la relevancia sobre la expansión del mundo lector femenino, el gusto literario y donde las mujeres asistieron, desde mediados de 1820, a “la lectura de los grandes folletinistas europeos, mientras esperaban que el género agitara la pluma de los escritores locales” (p. 135). Sobre esa misma tesitura, no deja de avanzar en aquello que “hizo falta persuadir a los contemporáneos de que la novela también era capaz de educar a los lectores (y a las lectoras)” en lo que involucraba a la sensibilidad y a la razón, en los temas de historia, cultura “pero sobre todo en asuntos relativos a la moral de la época” (p. 139). Cualquiera que incursione en el camino de la lectura de los textos de Manuela Gorriti, por ejemplo, podría adentrarse en escenas que estuvieron “lejos de componer el apacible perfil de mujer, centrado en el modelo de la domesticidad, que tanto aprecia el siglo XIX” (p. 143). En definitiva, la educación por medio de las novelas emergió como una “tentativa” que podía formar, “encarrilar” la moral, influenciar en materia política e instruir sobre los pueblos, entre otras ventajas.

Recepción: 05 Octubre 2022

Aprobación: 22 Noviembre 2022

Publicación: 02 Enero 2023

ediciones_fahce
Ediciones de la FaHCE utiliza Amelica Marcador XML, herramienta desarrollada con tecnología XML-JATS4R por Redalyc
Proyecto académico sin fines de lucro desarrollado bajo la iniciativa Open Access