TyC Trabajos y Comunicaciones, 2da. Época, Nº64, e255, julio-diciembre 2026. ISSN 2346-8971
Universidad Nacional de La Plata - Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Departamento de Historia.

Reseñas

Reseña de Enric Satué. El príncipe de la imprenta. Galaxia Gutenberg, 2025, 260 páginas. ISBN 978-84-10317-27-7

Osvaldo Víctor Pereyra

Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (UNLP-CONICET), Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata, Argentina
Cita sugerida: Pereyra, O. V. (2026). La Organización Panamericana de la Salud y la formación de personal de enfermería en Argentina (1958-1977). Trabajos y Comunicaciones, (64), e255. https://doi.org/10.24215/23468971e255

Vida y legado de Nicolas Jenson: recuerdos apiñados al final del camino.

Recorrer la existencia de un hombre, o mejor dicho, los recuerdos que emergen en los últimos instantes de su vida, constituyen el eje central de este trabajo. Enric Satué, historiador y novelista, invita al lector a una reflexión profunda a partir del testamento de Nicolas Jenson, redactado en Venecia el 8 de septiembre de 1480. Este documento sirve como hilo conductor para reconstruir los momentos clave de aquel aprendiz de Gutenberg, enviado por el rey de Francia a Maguncia para instruirse en el novedoso “arte de la tipografía”, quien más tarde se establecería en Venecia, entonces considerada la capital del libro.

En esa ciudad, Jenson recibió el título honorífico de “príncipe de la imprenta”, distinción otorgada por el papa Sixto IV en reconocimiento a su destacada labor en la producción de escritos. Su fama no se limitó al ámbito oficial, ya que el pueblo lo apodó afectuosamente como “[…] il primo barone de la stampa…” (p. 11), rindiendo así homenaje a su carácter innovador y su influencia en el mundo de la impresión.

El propio testamento de Jenson refleja su estado al momento de la redacción: “[…] sano de mente pero languideciendo el cuerpo […]” (p. 11). Sus memorias, llenas de honores y reconocimientos en vida, lo asaltan, no sin cierto dejo de reproche. Aunque fue responsable de la producción de cientos de libros, nunca escribió uno propio de su puño y letra. Como señala Satué, este testamento “[…] recién firmado, es su primer y único ensayo” (p. 9). Los testigos de este acto final, reunidos en torno a su lecho de muerte, son el notario público, el presbítero, un diácono, un artesano, un ventanero y dos mozos de confianza.

El presente libro se desarrolla a lo largo de trece capítulos que referencian como punto de partida este hecho vital de construcción de la “memoria” poniendo especial énfasis en aquellas anécdotas y momentos que definieron una verdadera revolución tecnológica en la comunicación humana: el libro como soporte impreso. Estos extranjeros en tierra veneciana alcanzaron, a través de su “arte”, un gran predicamento y lugar, no sólo nuestro personaje, como reza el colofón en sus libros impresos “Nicolas Jenson, hijo de la Galia […]” (p. 14) al igual que su socio, el alemán Peter Ugelheimer.1 Ambos extranjeros en las tierras de la Serenísima República, que han forjado destino a través de su oficio mercaderes e impresores de libros.

Venecia en pleno Renacimiento y Humanismo era una vidriera de oportunidades comerciales para este producto en auge. Una ciudad cosmopolita, con una elite letrada, en contacto en el Oriente, hacían de la circulación de saberes y producción de escritos un verdadero centro distribuidor del Mediterráneo. Su clientela, una nobleza urbana amante de la lectura y sumamente rica, capaz de “encargar” y “costear” la edición de estas maravillas impresas. Aunque también, la fama alcanzada en el arte era esencial en este negocio, frente a impresiones de baja calidad nuestro “príncipe de la imprenta” ofrecía un producto de calidad superlativa. Así una cadena de impresores, editores y libreros —que alcanzaron renombre y fama— construyen en este ambiente urbano privilegiado un vehículo de circulación de ideas. Se suman así el conocido Aldo Manuzio,2 impresor que sucederá a Jenson, ejerciendo su oficio entre los años 1494-1515.

Un arte, exquisito sí, pero no sin costos. Como señala el autor, estos primeros impresores, desde los oficiales a los aprendices, sufren las consecuencias físicas de la búsqueda de su excelencia artística y éxito comercial: “[…] envenenados (día y noche) poco a poco por la inhalación de plomo durante las agotadoras jornadas laborales […] almacenando en sus pulmones el veneno […] la primera víctima fue […] el maestro Gutenberg […]” (p. 21). La búsqueda de virtuosismo tiene un costo, el arte tipográfico no es la excepción en estos primeros tiempos del libro impreso.

En su rememoración, el moribundo recuerda su juventud, la salida de Francia y su instalación en Maguncia en 1458, en el semisótano de la casa del tío materno del maestro Gutenberg fue montado “el primer obrador tipográfico de la historia” (p. 31) donde residía junto con otros aprendices y oficiales, varios de ellos de origen alemán pero, también, venidos de otros lugares de Europa.

Un ambiente de trabajo cosmopolita, donde recibía del propio Gutenberg una parte del estipendio, la otra parte la cubría la Corona francesa. De inmediato su trabajo fue enfocado en la tipografía, elemento crucial del proceso, enfocado en el ordenamiento de los moldes que servirían de base. Ello lo familiarizó con el latín, lengua con la cual no sólo se componían muchos de los libros sino también permitía que se entendieran tanto nativos como forasteros. El ensayo y el error constantes fueron perfilando lo que terminaría siendo un nuevo método de impresión revolucionario.

Como nos aclara el autor, es en Estrasburgo donde al maestro Gutenberg se le ocurrió un tipo móvil metálico —reutilizable y durable— que superara las antiguas tablas xilográficas de madera, incapaces de soportar grandes tiradas sin deformarse. Sin embargo, también cada uno de los aspectos básicos del proceso debía cambiar y adecuarse al nuevo modelo de imprimación: la prensa, la tinta, la necesidad de que la letra apareciera “limpia” sin “manchado”, con la “pisada correcta”, es decir, sin esos espacios que quedaban en blanco al ejercer presión desigual sobre el papel, etc. Ensayo y error, recuerda nuestro “príncipe de la imprenta”, era las propias palabras de su maestro a través del aforismo agustiniano: Humanun errare est (p. 39).

Pero las soluciones técnicas de un proceso que se transformaba buscando la eficiencia y la excelencia sólo es una parte del problema mucho más amplio. El otro, la necesidad de capitales necesarios sostenido por socios y prestamistas. Este costado del negocio era fundamental para solventar los cambios en desarrollo. Según sus recuerdos, fue un tal Dritzehn,3 quien acerco el capital necesario, unos “[…] ochocientos florines, una suma equivalente al sueldo de diez años de un administrador del Estado […]” (p. 41). Divididos en partes, cubrían las necesidades de la puesta a punto del taller y el estipendio de los joyeros, encargados de formalizar los moldes de los tipos móviles intercambiables fundidos en plomo, así como los propios participantes del taller.

Aún quedaba un aspecto técnico fundamental: la prensa. La solución fue la utilización de la prensa de tonillo vertical y palo transversal inspirada en la utilizada por los vitivinicultores de la región, a la cual necesitaron añadirle un carro deslizante, así nació específicamente la llamada ahora “prensa de imprimir”. De esta manera, el virtuosismo de Gutenberg es el haber perfeccionado todo el conjunto —cada uno de los elementos, de sus partes— que combinadas componían el taller y se montaban en un gran proceso de producción del libro. Como un eximio concertista que en su cabeza imagina la partitura y la participación de cada instrumento para su sonoridad en un momento justo de la obra. Una nueva música que alumbra la modernidad: “[…] es posible que, algún día, esta segunda mitad del siglo XV sea apreciada como la que hizo crecer el conocimiento humano como no había sucedido desde los tiempos de la memorable Grecia clásica. De aquel incierto año de 1442, en que se hizo público el invento de la imprenta, hasta el cercano 1492, en que se desembarcará en un Nuevo Mundo, transcurrirá el Quattrocento que cambiará de raíz el mundo […]” (p. 46).

Una vez concertado el conjunto —por ello los discípulos de Gutenberg consideraban que más que invento lo de su maestro fue un descubrimiento— cada uno de los aspectos parciales combinados podían ir evolucionando y mejorando, lo que permitía la innovación en el mejoramiento de las obras nacidas en estos talleres. Era la propia práctica, la maestría lograda en un “saber hacer” el que marcaría la maestría alcanzada en el arte de impresión. Gutenberg inició, sus discípulos continuaron; entre ellos, nuestro Nicolas Jenson, que en 1473 funda su propia imprenta en Venecia. La principal ganancia del nuevo negocio era procurar la edición de libros de mayor calidad que su competencia, mejorar las redes de circulación y la venta de ediciones en los mayores mercados urbanos de la época. La imprenta de Jenson había logrado establecer “[…] delegaciones en el extranjero, primero en Fráncfort y luego en París, Roma, Amberes y Londres […]” (p. 84) Venecia, como puerta de entrada a Europa, era un lugar ideal para el crecimiento de este tipo de emprendimiento comercial.

La cuidada y prolija tipología perfeccionada por el ahora maestro Nicolas Jenson fue profundamente apreciada por los compradores de impresos. La multitud de procesos intervinientes habían sido paulatinamente depurados, cuentan su propia historia y permiten entender el título alcanzado de “príncipe de la imprenta”. La justa aleación para los tipos móviles conseguida tras largos experimentos “[…] mitad de plomo con un cuarto de estaño […] un cuarto de cobre […] una parte de antimonio usado en la alquimia y la medicina, e insoluble al ácido nítrico […] grabaron los primeros moldes […]” (p. 52). Ello permitió contar con un metal lo suficientemente resistente y flexible a la presión para obtener los tipos móviles fundidos. El canal hendido, que permitió componer el conjunto a la misma altura, simplemente una muesca descentrada permitía que los tipos fueran ordenados sin equivocar la dirección, facilitaba el armado de la matriz. El papel, de su calidad dependía la excelencia de la obra, las fibras de mezclas resultaron básicas para lo requerido, suficiente porosidad para la absorción de la tinta adecuando así las fábricas de papel a las necesidades de la imprenta. La tinta, profundamente espesa y gruesa llamada “[…] negro de humo, por ser el pigmento más oscuro, hubo que aglutinarlo con aceites y grasas […] insuperable (el uso del) aceite de linaza que Gutenberg se sacó de la manga […]” (p. 55). La propia tipografía, ya que no solamente son letras, sino también mayúsculas, minúsculas, cifras, signos de puntuación, adornos, las versalitas, los espacios blancos, los paréntesis, los guiones, etc. Un verdadero conjunto que superaban ahora el centenar de piezas. Más el recurso humano, formado desde la juventud, los aprendices comenzaban con los aspectos más simples del proceso, la limpieza de los tipos, y continuaban con cada una de las operaciones del conjunto. El llenado de las cajas de composición los “[…] aprendices (componían) prietas filas (de la matriz) consistía en agilizar los dedos mediante la composición mínima diaria de un texto de dos páginas, consiguiendo, con grandes esfuerzos, lo que un oficial cajista fogueado componía al tacto y casi sin mirar […]” (p. 60). Nuestro personaje recuerda la admiración que ello provocaba en los jóvenes aprendices, obligados al terminar la tarea a limpiar y devolveré a las cajas los distintos tipos. El taller era así una verdadera escuela de formación profesional, un verdadero saber hacer que Jenson sintetiza en las palabras de Séneca: “Docendo discimus […] enseñando, aprendemos […]” (p. 61).

Es decir, aprender el oficio desde abajo, como sentencia en sus memorias y atender cada aspecto con “[…] suma diligencia y eficacia […]” aún las labores rutinarias, todas son importantes y hacen a la consecución de la “belleza” y la “perfección” en la obra. “Sentar la forma o colocarla, una vez impuesta, sobre la plantina de la prensa; abrir y cerrar las formas, es decir, aflojar o ajustar las cuñas para desimpones, arreglar o corregir, según ordenara el oficial; y arreglar o distribuir las letras empasteladas […] después asistir al milagro deslumbrante de la impresión de una hoja de papel inmaculada […]” (p. 63). He aquí la “magia de la impresión” conseguida a través de la acción y la disciplina, a través de mirada constante de los oficiales y la aprobación del trabajo realizado. Como recuerda Jenson en su lecho de muerte: “[…] para los aprendices aquello fue un caudal de secretos, al que tuvimos acceso con el tiempo, y no era cosa de mostrarlos alegremente […]” (p. 65). Excelencia, sí, pero alcanzada a través de un lento y paciente aprendizaje reproducido —también mejorado y perfeccionado— a lo largo de toda una vida.

Muy pronto, este arte trascendió fronteras. Nuestro “príncipe de la imprenta” es uno más de ese primer y numeroso círculo de impresores formados en el arte por Gutenberg: “[…] recuerdan con agrado, la epopeya de la expansión de los pioneros impresores alemanes, compañeros suyos y maguntinos todos […] (que) establecieron talleres sucesivos, primero en Estrasburgo —la ciudad de la grandes rutas fluviales— y luego en Lyon, Venecia, Leyden, Bruselas, Barcelona, Cracovia y Londres, fue una colosal conquista de la voluntad y el conocimiento humano […]” (pp. 113-114). Aparecen así apellidos de maestros impresores famosos como Neumeister,4 Schöffer,5 Fust,6 Meydenbach,7 etc., que constituyeron (como apóstoles de un nuevo arte) los primeros difusores de la nueva invención junto con nuestro personaje, destacado entre ellos por su faceta de eximio grabador de tipos. La caligrafía alcanzada en las composiciones producidas por el taller de Nicolas Jenson forjó el camino a su consagración. Dio vida a la tipografía que llamamos hoy “humanista” o simplemente “romana redondeada”, buscando así otorgar una forma más equilibrada a lo largo de las páginas dejando de lado ese, que el autor define, como “[…] enmarañado bosque de pesadas, estrechas, quebradas y puntiagudas letras góticas […]” (p. 121) el desarrollo de una “hermosa caligrafía” como el corazón del libro impreso. El propio Jenson, parangonando a su maestro, sostenía ante sus oficiales y aprendices: “In medio virtus […] en el equilibrio está la virtud […]” (p. 125). Fijar el tipo de letra no es un elemento secundario del proceso: otorga la belleza a la composición.

Las anécdotas se agolpan unas con otras en este recorrido vital antes de llegar al momento conclusivo de su vida. Los recuerdos de su época formativa nos componen en ese afecto y admiración que este grupo de impresores ofrendaba a su mentor.

Uno de los capítulos cortos, denominado simplemente los “mandamientos del maestro”, ejemplifica perfectamente esa profunda dimensión humana, las enseñanzas no sólo para hacerlos “[…] buenos impresores, sino también buenas personas. Eran un conjunto inconexo de normas y reglas acumulados a lo largo de una accidentada peripecia, que cedía, generoso, a sus herederos naturales […]” (p. 130). No podemos dejar aquí de señalar aquella anécdota relacionada a la que sus contemporáneos y el propio Gutenberg consideró su obra magna, la “Biblia de cuarenta y dos líneas” que, según Jenson, tenía siempre a mano, como muestra de la belleza y perfección por alcanzar. Las primeras impresiones no complacieron al maestro, por ello agregó 2 líneas más reduciendo espacios, líneas e interlineado, con ello logro el tono compacto de la obra. La búsqueda de la belleza en la presentación del texto escrito es parte del oficio. También ello permitía economizar la cantidad de papel utilizado, belleza y economía parecían ser una formula siempre buena de alcanzar.

También fluye el recuerdo del enorme esfuerzo que significó la publicación de la Biblia: “[…] en el libro entero, calculo que invertimos unas seis mil horas, cantidad equivalente a quinientas jornadas, lo que viene a ser un año y medio o dos […]” (p. 133). Ante ello, el maestro, que conocía bien el arte de los frailes copistas en los monasterios les recordaba, casi aleccionadoramente a sus discípulos: “[…] tener in mente lo que me dijeron los monjes […] para templar el desaliento: ‘Sino sabéis qué es la escritura manual pensaréis que la dificultad es mínima, pero si queréis una explicación detallada os diré que el trabajo es duro, nubla la vista, encorva la espalda, aplasta la barriga y las costillas […] deja todo el cuerpo dolorido […] Ah, y como el marino que por fin arriba a puerto, el copista se alegra y da gracias a Dios cuando llega a la última línea, exclamando con un suspiro: ¡Deo gratias Semper!’” (p. 134). Hay allí un punto de intersección entre las dos formas de producción de libros, la antigua y la moderna, que Gutenberg los condensa a ambos. La búsqueda de la perfección y de la belleza en la obra producida es lo que eleva al impresor como artista del nuevo oficio.

Sin embargo, ante de finalizar esta apretada reseña creo que no puedo dejar de lado al hombre, a lo humano que sobresale en toda esta lectura, un testamento tiene esa dimensión profunda “[…] y lega al maestro, Jacques le Rouge, impresos de libros, cien ducados de oro por la exoneración de su conciencia […] también lega a Jaqueline, esposa del mismo maestro Jacques, comadre suya, doscientos ducados como remuneración de los servicios gratuitos que tuve y recibí del maestro Jacques, compadre mío, y de su mujer, con esta condición: que el mismo maestro Jacques esté sujeto, y deba rogar y hacer carta, de la dote de su misma esposa de estos doscientos ducados […]”.8

Si bien nuestro Nicolas Jenson tuvo hijos naturales, no se casó ni los reconoció. No formó familia, si bien tuvo oportunidad y candidatas para formalizarla. La tapa del presente libro es uno de los grabados en madera (xilografía) del busto de él realizada por un grabador amigo de Wendelin. Se lo presenta con cierto aire y aspecto cardenalicio en sus ropas y boina, todo el conjunto enteramente negro, usado en general como atributo del gremio de tipógrafos e impresores. La asistencia de Jacques de Rouge, socio confiable y amigo, y de la esposa de este Jaqueline durante su vida son reconocidas a la muerte de ilustre impresor. Su negocio fue confiado a Peter Ugelheimer, socio y amigo personal a quién lega sus preciadas matrices para el estampado de las obras, a las que considera su legado, y que más allá de su vida: “alis volat propriis […] vuelan con alas propias”, para que se vean, como él mismo dice, bellas y armoniosas en los siglos venideros.

Sin duda, estamos en presencia de un libro que funciona muy bien como novela histórica pero al mismo tiempo con mucho dato duro propio del historiador del período, grato a la lectura, sumamente humano, un recorrido que nos compone, desde una mirada distinta entre la historia y la literatura, el tiempo del gran cambio técnico de la impresión.

Notas

1 Peter Ugelheimer, también conocido como Ugelnheimer (1442 en Fráncfort, † 1488 en Milán) fue un comerciante, librero, bibliófilo veneciano-alemán y socio de Nicolas Jenson.
2 Aldus Pius Manutius, humanista, impresor, editor y tipógrafo italiano, fundador de la Imprenta Aldina.
3 Refiere a Andreas Dritzehn, quien fuera el socio inversor clave pero menos conocido de Johannes Gutenberg. También poseía conocimientos técnicos, era un orfebre reconocido que colaboró en los inicios del desarrollo de los tipos móviles metálicos en Maguncia, siendo fundamental para crear los primeros punzones y moldes para las letras, aunque falleció tempranamente víctima de la peste, dejando a sus herederos demandando a Gutenberg por las deudas contraídas en el proyecto.
4 Johann Neumeister, originario de Maguncia, aparece en el primer libro impreso en Foligno, De bello Italico adversus Gothos, de 1470, él también emigró de las primeras imprentas de Maguncia, viajando primero a Roma y luego a Foligno.
5 Peter Schöffer, colaborador de Johannes Gutenberg, posteriormente puso una imprenta en Maguncia con Johann Fust. Ideó la regleta y las notas marginales y, por primera vez, imprimió en color los títulos.
6 Johann Fust, uno de los socios de Gutenberg, considerado como uno de los mecenas y benefactores dedicados a la producción de libros.
7 Jacob Meydenbach, impresor y editor del famoso Ortus sanitatis, uno de los más conocidos herbarios de Maguncia.
8 Extracto del testamento de Nicolas Jenson, redactado y firmado en Venecia, el día 8 de septiembre de 1480. Citado por Enric Satué (2025, p. 89).

Recepción: 01 febrero 2026

Aprobación: 25 marzo 2026

Publicación: 01 julio 2026



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