TyC Trabajos y Comunicaciones, 2da. Época, Nº64, e250, julio-diciembre 2026. ISSN 2346-8971
Universidad Nacional de La Plata - Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Departamento de Historia.

Artículos

Entre el nativismo y la biopolítica: Eugenesia y antisemitismo en Estados Unidos

Ana Laura Bochicchio

Instituto de Cultura, Sociedad y Estado, Universidad Nacional de Tierra del Fuego -CONICET, Argentina
Cita sugerida: Bochicchio, A. L. (2026). Entre el nativismo y la biopolítica: Eugenesia y antisemitismo en Estados Unidos. Trabajos y Comunicaciones, (64), e250. https://doi.org/10.24215/23468971e250

Resumen: Este trabajo explora el modo en el que el antisemitismo fue adoptado por discursos eugenésicos, lo cual instituyó el prejuicio contra los judíos, intensificado en Estados Unidos por la reacción nativista. La hipótesis sostiene que, durante las primeras tres décadas del siglo XX, el antisemitismo estadounidense no fue sólo la expresión de un prejuicio racial o religioso, sino que se integró en la racionalidad biopolítica moderna, modulada a partir del marco teórico de la eugenesia. Fue, fundamentalmente, a través de leyes anti-inmigratorias de carácter eugenésico, que el antisemitismo popular confluyó con los intereses de la eugenesia, que entendía al judaísmo como un problema biopolìtico. Desde una perspectiva de historia cultura, que pone el acento en los imaginarios antisemitas contemporáneos, eugenistas como Harry Laughlin, Charles Davenport y Madison Grant serán analizados para examinar el vínculo entre ciencia, Estado y extremismo de derecha en la producción de un antisemitismo “aplicado”, fundamentalmente a través de medidas migratorias.

Palabras clave: Eugenesia, Antisemitismo, Nativismo, Estados Unidos.

Between Nativism and Biopolitics: Eugenics and Anti-Semitism in the United States

Abstract: This paper explores the ways in which antisemitism was adopted by eugenic discourses, thereby institutionalizing prejudice against Jews, a process intensified in the United States by nativist reaction. The central hypothesis holds that, during the first three decades of the twentieth century, American antisemitism was not merely the expression of racial or religious prejudice, but became integrated into modern biopolitical rationality, shaped within the theoretical framework of eugenics. It was primarily through eugenic anti-immigration laws that popular antisemitism converged with the interests of eugenics, which construed Judaism as a biopolitical problem. From a cultural-historical perspective that emphasizes contemporary antisemitic imaginaries, eugenicists such as Harry Laughlin, Charles Davenport, and Madison Grant will be analyzed in order to examine the relationship between science, the state, and right-wing extremism in the production of an “applied” antisemitism, particularly through migration policies.

Keywords: Eugenics, Antisemitism, Nativism, United States.

Entre o nativismo e a biopolítica: eugenia e antissemitismo nos Estados Unidos

Resumo: Este estudo explora como o antissemitismo foi incorporado aos discursos eugênicos, institucionalizando, assim, o preconceito contra os judeus — um sentimento intensificado nos Estados Unidos por uma reação nativista. A hipótese central é que, durante as três primeiras décadas do século XX, o antissemitismo norte-americano não foi apenas uma expressão de preconceito racial ou religioso; ele se integrou a uma racionalidade biopolítica moderna, moldada pelo arcabouço teórico da eugenia. Foi principalmente por meio de leis de restrição à imigração fundamentadas na eugenia que o antissemitismo popular convergiu com os interesses do movimento eugênico, o qual via o judaísmo como um problema biopolítico. Adotando uma perspectiva de história cultural que enfatiza os imaginários antissemitas da época, este estudo analisa eugenistas como Harry Laughlin, Charles Davenport e Madison Grant para examinar as conexões entre ciência, Estado e extrema-direita na criação de um antissemitismo "aplicado" — manifesto sobretudo por meio de políticas de imigração.

Palavras-chave: Eugenia, Antissemitismo, Nativismo, Estados Unidos.

Introducción

El término antisemitismo resulta un concepto de difícil definición puesto que plantea más vaguedades más que certezas. A pesar de poseer una connotación étnica, deja de lado a grupos semitas que no profesan la religión judía. Sin embargo, por enfatizar en una connotación racista y política es que el mundo académico prefiere el empleo del término antisemitismo antes que el de antijudaísmo, que simplemente hace referencia a la oposición hacia la religión judía, sin connotaciones biológicas. Por lo tanto, el concepto se utiliza en referencia al fenómeno político racista que comenzó a finales del siglo XIX y que se consolidó durante el siglo XX. Es un racismo que, a pesar de su retórica biologicista, es predominantemente de tipo cultural, ya que los judíos no presentan rasgos físicos distintivos a partir de los cuales se los discrimina (Todorov, 2007, p. 121).

Este antisemitismo es un derivado extremo de los prejuicios construidos desde la antigüedad y, sobre todo, durante la Edad Media por el cristianismo, que difundió los estereotipos negativos contra los judíos en el mundo occidental: el “usurero”, el “parásito”, el “bebedor de sangre”, el “hereje”, el “deicida” y el “adorador del demonio”. Como parte de esta tradición es que Leonard Dinnerstein sugiere que el antisemitismo puede ser entendido como parte de la herencia cultural estadounidense, traído junto a las creencias cristianas de los primeros colonos (Dinnerstein, 1994, p. ix).

Estas características supuestamente innatas a los judíos en el imaginario cristiano medieval son el germen del tránsito del prejuicio premoderno hacia la deshumanización del judío contemporánea. Como afirma Joshua Trachtenberg, “para el antisemita moderno, el judío se ha convertido en el comunista internacional o en el banquero internacional. Pero su objetivo sigue siendo destruir la cristiandad, conquistar el mundo y esclavizarlo” (Trachtenberg, 2001, p. 220).

Se trató de un proceso de resignificación que, desde finales del siglo XIX, comenzó a aplicar connotaciones biológicas a la cuestión. El antisemitismo contemporáneo se configuró como una síntesis entre los imaginarios demonológicos medievales y las representaciones modernas, lo cual incluyó un proceso a través del cual, el problema judío ya no se lo interpretaba sólo como un temor espiritual, sino que se lo comenzó a interpretar también como un problema biológico.

En Estados Unidos el imaginario antisemita cristiano se reconfiguró, a principios del siglo XX, con los conflictos propios de la sociedad industrial y la inmigración asociada a ella. En Europa, los judíos eran víctimas de fuertes discriminaciones. Lo cual fue una motivación para emigrar al continente americano hacia finales del siglo XIX. Si bien la llegada de judíos europeos hacia Estados Unidos fue constante durante el siglo XIX, entre las décadas de 1880 y 1910, se masificó.

El número de judíos se incrementó de 280.000 a 3.500.000 en ese periodo (Gartner, 1986). La mayoría se instaló en las metrópolis del norte, pero también migraron, en menor medida, hacia las ciudades sureñas (Kraut, 1994, p. 65). Este aumento de población judía en el país desplegó una respuesta opositora nativista que se encaminó paulatinamente hacia la sistematización del antisemitismo estadounidense, consolidada entre las décadas de 1910 y 1930.

Es este el mismo periodo en el que la eugenesia se estableció como un paradigma científico-social hegemónico en occidente y, por lo tanto, también en Estados Unidos. Se trataba de una disciplina definida a finales del siglo XIX en Inglaterra por Francis Galtoncomo la “ciencia que se ocupa de todas las influencias que mejoran las cualidades innatas de una raza; también de las que las desarrollan al máximo” (Galton, 1909, p. 35). Desde 1865, Galton desarrolló investigaciones sobre la herencia humana y su influencia en el carácter. Lo cual lo condujo a postular una teoría sobre la selección reproductiva como medio para mejorar la calidad de las generaciones futuras, tanto en términos mentales como físicos (Carlson, 2001, p. 234).

Durante las primeras décadas de siglo XX, la eugenesia se constituyó como un paradigma directriz de ciencias naturales y sociales, como la biología, la medicina, el higienismo, la sociología y el derecho. La base era el supuesto de que la herencia humana podría ser modificada artificialmente con el fin de mejorar la calidad de la descendencia, lo que traería aparejados beneficios sociales. Si, como presuponían los eugenistas, existían personas incapaces por su propia naturaleza hereditaria de ser beneficiosos para la sociedad, la ciencia debía intervenir para evitar que se reproduzcan. Se trataba, pues, de la búsqueda de recetas contra la degeneración física y moral – lo que incluía especialmente a pobres, enfermos mentales y criminales.

El paradigma eugenésico se materializó en prácticas que intervenían en los comportamientos reproductivos de las personas con un doble fin: eliminar lo indeseable (eugenesia negativa) y fomentar lo deseable (eugenesia positiva). Esto conformó un biopoder, concepto definido por Michel Foucault del siguiente modo: “la manera cómo se ha procurado… racionalizar los problemas planteados a la práctica gubernamental por los fenómenos propios de un conjunto de seres vivos constituidos como población: salud, higiene, natalidad, longevidad, razas” (2007, p. 359).

Se generó un tipo de racionalidad biopolítica moderna que ejecutó la dirección de la vida de las personas a partir de la injerencia abiertamente estatal, es decir, a través de una tecnología de gobierno antiliberal (Foucault, 2007, pp. 364-366). Esto fue acompañado por la tendencia a hibridar las ciencias naturales con las sociales a modo de legitimación de estas políticas públicas. Como advierte Tzvetan Todorov, ello significó “la inmediata reducción del ser humano a la condición de objeto” (Todorov, 2007, p. 38). Se habilitaría, así, la intromisión más aguda en la vida privada de las personas debido a la biologización de prejuicios socio-políticos.

Estatalmente dirigida y promovida, la biopolítica eugenésica encaró instrumentalizaciones que permitiesen materializar los principios de una selección artificial. La legislación fue un instrumento esencial del Estado para concretar esta política. Prohibiciones matrimoniales, exámenes prenupciales, limitaciones inmigratorias y la institucionalización y la esterilización forzosa de delincuentes y enfermos mentales conformaron el acervo legal del que se valió la eugenesia para aplicar controles reproductivos.

Este artículo explora el modo en el que el antisemitismo fue articulado desde discursos eugenésicos, lo cual instituyó el prejuicio contra los judíos en una suerte de lógica científica, aplicada a través de políticas públicas. La biopolítica se conjugó con los temores nativistas contra la inmigración, expresión reaccionaria recurrente en la cultura política estadounidense.

La hipótesis de este trabajo sostiene que, durante las primeras tres décadas del siglo XX, el antisemitismo estadounidense no fue sólo la expresión de un prejuicio racial, sino que se integró en la racionalidad biopolítica moderna, modulada a partir del marco teórico de la eugenesia. Fue, fundamentalmente, a través de leyes anti-inmigratorias de carácter eugenésico que los judíos europeos fueron víctimas de un reformismo que tenía como objetivo descartar todo aquello considerado “indeseable”. De ahí que el antisemitismo popular y político confluyó con los intereses de la eugenesia. Los discursos cientificistas no fueron ajenos a los planteos e imaginarios antisemitas modernos. Por el contrario, colaboraron en la legitimación de políticas públicas de carácter antisemita.

Los estudios sobre el antisemitismo en Estados Unidos, en términos generales, se han concentrado en un análisis de cómo el vínculo entre nativismo e inmigración judía han colaborado en el desarrollo y la potencialización del prejuicio antijudío como reacciones a la masiva llegada de estos desde finales del siglo XIX. Al mismo tiempo, la historiografía ha privilegiado vincular este fenómeno como entrelazado con la historia del extremismo de derecha en el país, que a partir del siglo XX incorporó al antisemitismo como su principal característica determinante (Lipset y Raab, 1981; Highman, 1983; Bennett, 1995; Goldstein, 2006; Fry, 2007; Polland y Soyer, 2012; Bronner, 2019). Por otro lado, la historiografía sobre la eugenesia estadounidense ha privilegiado el análisis del racismo científico y las prácticas eugenésicas, tales como las esterilizaciones, los controles y pedagogías matrimoniales y las restricciones inmigratorias con el fin de comprender la materialización de la gestión biopolítica de la población que la eugenesia buscaba imponer (Kühl, 1994; Carlson, 2001; Ordover, 2003; Leonard, 2016; Pearlmann, 2018). Si bien este conjunto de trabajos ha señalado el rol de la inmigración judía dentro de los programas eugenésicos, el vínculo entre eugenesia y antisemitismo – más explorado en la Alemania nazi – aparece de manera fragmentaria o subordinada a problemáticas más amplias del eugenismo estadounidense.

Este artículo busca contribuir al debate al proponer una lectura integrada de los fenómenos mencionados. Se sostiene que el antisemitismo, además de haber sido interpretado como un componente reaccionario del nativismo y un prejuicio racial que se volvió significativo entre algunos sectores estadounidenses, también se trató de la formulación de un problema biopolítico. En ese sentido, se puede decir que este antisemitismo, más allá de ser un monopolio ideológico de los márgenes a los que pertenece la extrema derecha, tuvo ciertas prácticas estatales que lo incorporaron y fue parte de un discurso científico-social hegemónico. Así, el trabajo analiza cómo determinados imaginarios antisemitas fueron legitimados e institucionalizados por discursos científicos y políticas estatales, particularmente en materia migratoria, mostrando que la convergencia entre ciencia, Estado y prejuicio racial desempeñó un papel decisivo en la producción de un antisemitismo aplicado. Esto permite sostener que algunas políticas públicas de control inmigratorio incorporaron presupuestos antisemitas – al igual que rechazo a otras nacionalidades –, sobre todo a partir de los parámetros eugenésicos. De este modo, el artículo busca poner en diálogo la historiografía sobre antisemitismo estadounidense con los estudios sobre eugenesia, enfatizando la necesidad de comprender ambos fenómenos como procesos articulados durante las primeras décadas del siglo XX.

El marco teórico-metodológico en el que se enmarca este estudio es el de la historia cultural. Se entiende al antisemitismo como una construcción simbólica que encuentra materialización en diversas prácticas y discursos, ya sean religiosos, políticos o científicos. En ese sentido, lo que construye este antisemitismo son representaciones y no el “reflejo de una ‵realidad′ que existiría fuera de ellas” (Baczko, 2005, p. 16).1 Sin embargo, el caudal simbólico de una sociedad, que incluye las ideas-imágenes (imaginarios) que guían las representaciones de la propia identidad y de la otredad, posee “una realidad específica que reside en comportamientos colectivos” (Baczko, 2005, p. 16). Más allá de la conformación de un conjunto de representaciones alrededor de la imagen simbólica del judío, también pueden verse los efectos y consecuencias prácticas que derivan de esta.

En tanto un elemento integrado en la biopolítica eugénica de la primera mitad del siglo XX, el antisemitismo en Estados Unidos no fue exclusivo de las extremas derechas. En ese sentido, se analizarán textos científicos e institucionales realizados por eugenistas a la hora de justificar la implementación de medidas antisemitas. Estos son espacios de formación de sentido, donde se configuran formas de jerarquización y exclusión en términos biológicos. Lo cual se hace, no sólo desde las individualidades que exponen estas ideas, sino que, para tener legitimidad, deben responder a la hegemonía discursiva de la sociedad en la que surgen. Esto significa que, en un momento dado, en vinculación con la cultura hegemónica, todos los discursos “están provistos de aceptabilidad y encanto: tienen eficacia social y públicos cautivos” (Angenot, 2010, p. 22).

El objetivo es, pues, analizar el modo en que el tradicional temor antisemita demonológico, se institucionalizó en el siglo XX a través de un antisemitismo político que recurrió a la eugenesia como una estrategia de gestión poblacional. Como tal, fue un mecanismo de control social más amplio que las individualidades que lo expresaban. Al combinarse con el discurso eugenésico, los temores nativistas se institucionalizaron desde un aura cientificista, lo cual era necesario para legitimar prácticas que intervenían en las decisiones individuales de las personas.

Los imaginarios antisemitas aquí analizados, en diálogo permanente con los construidos en Europa, conformaron un discurso social hegemónico a la hora de representar al judío como un ser indeseable y, por lo tanto, de justificar su exclusión o aniquilación. En ese sentido, el triste legado de la eugenesia estadounidense es indisoluble de su influencia sobre la Alemania nazi, sobre todo en modelos legislativos. Estados Unidos no fue un mero receptor de los discursos eugenésicos y antisemitas, sino que se constituyó en un gran colaborador en la formación y difusión de estas ideas, que aplicó a su realidad histórico-cultural propia.

La construcción del antisemitismo político moderno

La historia del antisemitismo moderno tuvo sus orígenes en Europa, a finales del siglo XVIII. Ciertamente, la intolerancia ya estaba presente, como demuestra el hecho de que los judíos estuviesen confinados en guetos. Esta situación dificultaba que fuesen asimilados por las culturas europeas cristianas, otorgándoles un aura de secretismo que facilitó su incorporación dentro de grandes teorías conspirativas.

A partir de la Edad Contemporánea, debido a la secularización de la vida pública, el antisemitismo se desplazó del terreno teológico al político. Se fue construyendo el mito de la conspiración judía internacional como resignificación de la antigua demonología antisemita, aplicable a la realidad del momento e identificable con los nacionalismos del siglo XIX. Este mito asevera la existencia de un gobierno secreto judío con poder absoluto sobre la economía, la política, la prensa y la opinión pública. El único objetivo de este plan es instalar el dominio judío a nivel global.

Como producto de la revolución francesa y la industrialización, se modificó considerablemente el orden social y económico. Lo que trajo aparejado la consolidación de la burguesía como sector predominante junto a sus valores seculares. Así, el antisemitismo se convirtió en una fuerza política anti-progresista, adoptada especialmente por quienes se sentían desplazados en el nuevo contexto, es decir, el clero y la aristocracia terrateniente (Cohn, 1988, p. 21).

El rol privilegiado que los judíos tenían entre los sectores industriales y su tendencia al apoyo de las políticas liberales colaboró en que la aristocracia terrateniente y el clero colocaran sus ansiedades sociales sobre el grupo al que consideraban culpable de su situación actual. La figura del judío fue resignificada como la de un demonio moderno, que difundía nuevas pestes, como capitalismo industrial, la democracia secular y, más tarde, el comunismo.

Fue el Abate Barruel, jesuita francés, quien comenzó a cristalizar el mito. En su Mémoire pour servir à l´histoire du Jacobinisme (1797), el clérigo acusaba la existencia de una orden secreta templaria existente desde 1314, cuyo objetivo era destruir a las monarquías y al papado para fundar una república mundial. Bajo el formato de la masonería, la orden habría llevado a cabo la Revolución en Francia. Fue recién en 1806 cuando el Abate incorporó al judaísmo en su teoría conspirativa. La causa fue una carta que recibió de parte de J. B. Simonini, un oficial italiano que le aseguró conocer los secretos de la “secta judaica”, creadora de las órdenes masónicas y encargada de derrocar a los Borbones.

A partir de entonces, el mito reapareció en diferentes obras literarias o panfletarias como instrumento de las derechas europeas del siglo XIX. Por ejemplo, en 1868 John Retcliffe, un prusiano conservador, escribió una novela titulada Biarritz, la cual contiene un capítulo que describe una reunión secreta judía en el cementerio de Praga durante el año 1787. Allí, los representantes de la diáspora discuten su plan de dominación mundial. El orador principal, representante de la tribu de Levi, define perfectamente el accionar atribuido a la conspiración judía:

“El enemigo natural de los judíos es la Iglesia cristiana. Por lo tanto, debemos intentar humillarla, debemos inculcarle librepensamiento, escepticismo y espíritu crítico… ¡La agitación para la apropiación de las propiedades de las iglesias y escuelas, la transferencia de los bienes eclesiásticos al Estado, o (lo que es lo mismo) a manos de los judíos, será nuestra recompensa!… Todos los cargos gubernamentales deben estar abiertos para nosotros… Nuestro pueblo debe estar entre los legisladores… Podemos convertirnos en buenos actores y filósofos… En la ciencia, nos dedicaremos a la medicina… Debemos exigir el matrimonio libre entre judíos y cristianos… Necesitamos un gran periódico político… Podemos sacudir todos los cimientos y separar familias” (Bernstein, 1921, pp. 34-39).

Si bien la propaganda antisemita europea del siglo XIX es amplia, lo mencionado resume los argumentos de una tradición que culminó en la consolidación del mito, sistematizado definitivamente con la aparición de Los Protocolos de los Sabios de Sión. Esta falsificación, publicada en Rusia en 1903, presenta las actas de un congreso judío reunido en Cracovia, en el cual los participantes plantean los métodos por medio de los cuales conquistarán al mundo y cómo será su reinado una vez establecido. La extrema derecha europea lo consideró un documento legítimo que confirmaba el plan judío.

En los Protocolos, el orador expone los medios por los cuales llevarán a cabo la conspiración: el liberalismo y su consecuente secularización permitirían imponer un “despotismo capitalista”. A su vez, el documento describe un plan de infiltración en la prensa y la educación, lo cual permitirá a los judíos dominar la opinión pública. También aparece uno de los mayores temores de las clases hegemónicas occidentales: el comunismo. Ideología que los judíos utilizarían como un instrumento para fomentar el odio entre el capital y el trabajo.

Estados Unidos tuvo un rol clave a la hora de difundir el mito de esta conspiración judía internacional. De hecho, se puede decir que el mito fue una construcción euro-americana ya que no se trató de una mera exportación de prejuicios, sino de un proceso de nacionalización del mito para volverlo adaptable al contexto estadounidense. Los temores propios del Viejo Mundo pudieron articularse con las ansiedades de una sociedad industrialmente naciente que recibía una inmigración masiva.

Los judíos siempre habían sido vistos como un elemento extranjero, pero hasta el siglo XX el rechazo hacia ellos no superó el nivel verbal. Concretamente,

“si las señales incipientes de una sensibilidad antagónica a los judíos en la década de 1890 indican un potencial de antisemitismo político, es importante notar que tan sólo se trataba de un potencial, que ninguno de los principales movimientos políticos y sociales de la época se valió del antisemitismo como táctica política” (Lipset y Raab, 1981, pp. 121-122).

Fue durante y luego de la Primera Guerra Mundial cuando se empezó a atacar sistemáticamente a los judíos por una cuestión racial influenciada por el mito de la conspiración judeo-bolchevique, que cobró fuerza tras la Revolución Rusa. Incluso una agrupación racista tradicional de Estados Unidos, como el Ku Klux Klan que resurgió en 1915, sumó el antisemitismo a su plataforma. Esto demuestra que “entre 1918 y 1921, el antisemitismo se convirtió en una parte importante de la ideología de la supremacía blanca” (Bronner, 2019, p. 90).

William J. Cameron, responsable de prensa de Henry Ford, fue uno de los principales divulgadores de los Protocolos en Estados Unidos. Entre 1921 y 1927 fue editor del Dearborn Independent, publicación desde la cual aplicó el mito a la realidad estadounidense. La selección de los artículos escritos semanalmente entre 1920 y 1922 fueron recopilados en la famosa obra antisemita atribuida a Henry Ford, The International Jew (1922). En estos escritos, Cameron acusaba a los judíos de infiltrar los gobiernos gentiles y de recurrir tanto al comunismo como al capitalismo para lograr sus fines. En la obra se presenta un Estados Unidos al borde del colapso debido a la absoluta infiltración judía en las esferas culturales, económicas y políticas.

Si bien la obra de Cameron fue extremadamente popular, no fue el único canal a través del cual el antisemitismo se difundió en Estados Unidos. El ámbito religioso fue uno de los instrumentos de mayor difusión y popularización del mito, que fue apropiado por un conjunto de predicadores de extrema derecha, tales como Gerald Winrod, Charles Coughlin y Gerald L. K. Smith. Estos personajes se sumaron al terror rojo que siguió a la Revolución Rusa, al nacionalismo de tipo nacionalsocialista estadounidense y a los discursos populistas de la década de 1930.

Este rechazo explícito contra los judíos fue resultado de un periodo en el que el optimismo de la era victoriana hacia la industrialización y urbanización encontró el desafío de la sociedad de posguerra (Goldstein, 2006, p. 120). La imagen del judío, asociada a todos los prejuicios ya mencionados, fue una vía de escape entre algunos sectores de la sociedad blanca que se sentían amenazados por el cambio de época. De este modo ocurrió una paradoja a partir del crecimiento económico de los judíos en un contexto de crisis: “los judíos, cuyo estatus socioeconómico mejoró, permitiéndoles así mayores lujos materiales, también se enfrentaron a crecientes ataques privados, públicos e institucionales. Más que cualquier otro grupo caucásico, los judíos fueron percibidos como enemigos del estilo de vida estadounidense” (Dinnerstein, 1994, p. 77).

En este marco, el imaginario del antisemitismo moderno se convirtió en un elemento constitutivo de la extrema derecha estadounidense desde las primeras décadas del siglo XX. Se trata de sectores que se encuentran en el polo de derecha del abanico político, desde donde promueven la clausura del mercado democrático de ideas en función de la imposición de un modelo político moralista que responde reaccionariamente contra la existencia de una conspiración demoníaca para destruir los valores del liberalismo estadounidense (Lipset y Raab, 1981, pp. 20-31).

Sin embargo, en el contexto cientificista de la Era progresista, y bajo la égida de la biopolítica eugenésica, el antisemitismo se conformó tanto como un prejuicio popular de sectores extremistas como en una doctrina científica que buscaba reducir el impacto del judaísmo en Estados Unidos. De este modo, el nativismo antisemita encontró en la eugenesia un medio de legitimación, que, por ser aplicada desde el aparato estatal, era capaz de descomprimir ansiedades populares.

El antisemitismo como reacción nativista en Estados Unidos

El incremento de la inmigración judía durante las primeras décadas del siglo XX generó, como respuesta, una oleada nativista. Tal como lo define Brian N. Fry, el nativismo conforma “un intento colectivo de los autodenominados nativos por asegurar o conservar derechos previos o exclusivos sobre recursos valiosos frente a los desafíos supuestamente planteados por las poblaciones residentes o potenciales sobre la base de su extranjería percibida” (Fry, 2007, p. 5). Los nativos, pues, identifican a un sector extranjero como responsable de sus ansiedades sociales. Responde a un sentimiento real o percibido de amenaza por parte de los extranjeros contra los nativos, que, en consecuencia, excluyen o discriminan a los primeros (Fry, 2007, p. 31).

Por su carácter chauvinista, el nativismo fortalece los vínculos de solidaridad racial entre los nativos. Al ser un rechazo étnico, reafirma la supremacía anglosajona y la idea de que la excepcionalidad estadounidense es producto de una raza excepcional instalada en un territorio nacional excepcional. De hecho, “los discursos de raza y de nación nunca se han alejado demasiado” (Wallerstein y Balibar, 1988, p. 63). En ese sentido, los nativistas significaban a Estados Unidos como un “paraíso amenazado” (Bennett, 1995, p. 80) por fuerzas extranjeras demoníacas. El componente religioso milenarista y maniqueo es central en la ecuación. Pero también resulta interesante notar la asociación de lo extranjero con el origen biológico de quienes encarnarían esas ideas.

Durante el siglo XIX, el nativismo se concentró en desplegar un ferviente rechazo a la inmigración asiática y, sobre todo, irlandesa. La oposición a estos últimos estuvo acompañada por un furioso anticatolicismo – considerada una religión extranjera y antiliberal. Es notorio que, incluso otras nacionalidades blancas también hayan sido objeto de odios raciales. Lo cual demuestra que la raza, como categoría identitaria, es una percepción sumamente fluida (Jacobson, 1998, p. 9) y, como tal, capaz de cambiar a lo largo de la historia.

El “otro” blanco se relaciona directamente con una eugenesia que tiene por objetivo promover una normatividad blanca que busca eliminar o estigmatizar todo aquello que se opone al ideal (Bochicchio, 2025). Tanto los irlandeses como los judíos – también italianos, griegos, escandinavos, etc. – eran vistos con temor por ser parte de una inmigración de origen pobre que contradecía los estándares de perfectibilidad de la supremacía blanca.

Para el nativismo, a partir de 1880 el cambio fue radical al disminuir la inmigración irlandesa y aumentar la de Europa del este (Pearlmann, 2018, p. 30), lo que incluía enormes cantidades de judíos. Como ya se mencionó, en Europa el aumento de la intolerancia antisemita venía desarrollándose desde finales del siglo XVIII y se incrementó hacia finales del siglo XIX. Esto tuvo como consecuencia que cantidades enormes de judíos decidieran migrar al continente americano (Kraut, 1994, p. 143).

El cerramiento europeo conllevó, a su vez, la radicalización del antisemitismo en el continente americano, sobre todo en Estados Unidos, principal país receptor de esta gran oleada migratoria. Esta situación generó un deterioro en la imagen del judío, de modo tal que hacia 1880, se lo pasó a asociar con los valores de la vulgaridad, la ostentación y la acumulación capitalista (Highman, 1983, p. 92). Sufrieron, así, un progresivo aislamiento social. Por ejemplo, los comerciantes judíos del Sur comenzaron a sufrir atentados y persecución en áreas donde estaban pacíficamente instalados de antemano (Highman, 1983, p. 92). Incluso en grandes metrópolis, como Nueva York, el antisemitismo creció considerablemente por parte de un nativismo que no los consideraba aptos para ser asimilados por la nación (Polland y Soyer, 2012, p. 186).

A esto se suma el hecho de que la Revolución Rusa de 1917 exacerbó los temores populares que asociaban al judaísmo con los bolcheviques. Como consecuencia de un primer terror rojo desencadenado en Estados Unidos, ese año se sancionó una nueva ley inmigratoria que se concentró el limitar a los anarquistas y comunistas, pero para el descontento de los antisemitas, no prohibía específicamente la entrada de judíos.

De todos modos, los artilugios de los imaginarios conspirativos estaban cobrando mayor relevancia. Entre el final de la guerra civil y las tres primeras décadas del siglo XX, “Estados Unidos fue testigo del surgimiento de una sociedad antisemita en toda regla” (Dinnerstein, 1994, p. 35). Se unificaron criterios de discriminación popular con el cientificismo biológico. Científicos del periodo afirmaban que, sobre todo los judíos más pobres, mostraban sintomatologías de degradación mental y física como consecuencia de su tendencia a la perversidad moral, la idiotez, la epilepsia, las deformaciones físicas y, como si se tratase de una enfermedad, la predisposición a apoyar el anarquismo y una innata incapacidad para respetar la ley (Kraut, 1994, p. 145).

Por ejemplo, en 1908 un médico de la Armada de Estados Unidos declaró que “las clases más pobres de judíos viven en condiciones muy insalubres; trabajan y viven en barrios sucios y mal ventilados” (Kraut, 1994, p. 145). En consonancia con esta idea, el economista progresista William Z. Ripley, autor de The Races of Europe (1899), obra en la que analiza a la población europea en relación con las posibles afecciones sanitarias en los Estados Unidos, afirmó que los judíos eran diferenciables de los caucásicos por poseer tendencias a presentar deficiencias respiratorias. Afirmaba, asimismo, que son “propensos a trastornos nerviosos y mentales; la locura se encuentra, temiblemente, entre ellos” (Spiro, 2009, p. 95).

Asociados a la inmundicia del ámbito urbano, eran considerados, al igual que en la Edad Media, como difusores de pestes. De este modo, los antisemitas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX intentaron imponer una imagen del judío no sólo como ese demonio conspirador, sino también como enfermizo. En ese sentido, era también sinónimo de una amenaza para la higiene pública.

A esto se sumó la tendencia a criminalizar a los judíos como artistas del robo – cuestión asociada al prejuicio económico que recaía sobre ellos. Por ejemplo, el comisionado Theodore A. Bingham, de Nueva York afirmaba que

“los delitos cometidos por los hebreos rusos son generalmente contra la propiedad. Son ladrones, pirómanos, carteristas y asaltantes de caminos… pero, aunque todo tipo de delincuencia es su especialidad, el hurto de carteras es el que parecen dominar con mayor facilidad. De hecho, carteristas de otras nacionalidades están empezando a reconocer la superioridad del hebreo ruso en ese sutil arte” (Bingham, 1908, p. 384).

Coyunturalmente, esta conjunción de ansiedades nativistas y biológicas fueron coherentes con el periodo político-económico denominado periodo progresista (1880-1930), que se caracterizó en Estados Unidos por el establecimiento estatal de una lógica reformista de tinte antiliberal. El contexto de afianzamiento industrial colaboró con la consolidación del Estado federal como un entramado biopolítico guiado por una indiscutida fe en la ciencia.

Muchos de los temores relativos a la inmigración compartidos por las agrupaciones de extrema derecha se convirtieron en políticas de estado, principalmente por medio del auge de la eugenesia, que era sumamente compatible con los intereses progresistas ya que ambos compartían “compromisos vitales con el antiindividualismo, el control social, la eficiencia y la autoridad de los expertos científicos” (Leonard, 2016, p. 164). Al igual que los reformadores progresistas, la eugenesia apelaba al incremento educativo y a la acción estatal para mejorar la calidad social.

Concretamente, la eugenesia fue un instrumento útil a la hora de determinar quiénes eran aptos socialmente, de manera tal que el Estado pudiese aplicar controles biopolíticos de selección artificial poblacional (Leonard, 2016, p. 98). Entre estos, los controles inmigratorios eran fundamentales a la hora de eliminar la posibilidad de infiltración de elementos defectuosos, no propios de la raza anglosajona americana, considerada excepcional.

Biopolítica y eugenesia: antisemitismo científico

La eugenesia fue un paradigma científico que poseía intrínsicamente una poderosa carga de racismo. El racialismo, es decir las proposiciones que suponen un tipo ideal en términos raciales (Todorov, 2007, p. 116), fue integral a la perspectiva eugénica y parte fundamental de sus discursos y prácticas. Esto suponía, a su vez, una relación indisoluble entre lo físico y lo moral (Todorov, 2007, p. 128), razón por la cual, la eugenesia creía que al evitar la reproducción de todo aquello considerado defectuoso, se podía avanzar hacia la perfectibilidad humana.

Particularmente en Estados Unidos, donde el racismo constituye una parte integral de la cultura, la eugenesia se estableció como un paradigma que le otorgaba un manto científico. En ese sentido, fueron de superlativa importancia las instrumentalizaciones de tipo negativo,2 que buscaban limitar la reproducción de los considerados ineptos mediante restricciones e, incluso, la intervención directa sobre los cuerpos. Las leyes de esterilización forzosa han sido una de las practicas más agresivas e invasivas impuestas por la eugenesia estadounidense.3

Otra de las principales estrategias negativas de los eugenistas del país norteamericano fue desplegada debido a la preocupación por la enorme inmigración proveniente del este de Europa. Esta ansiedad condujo al Estado, apoyado por teorías científicas eugénicas, a implementar medidas restrictivas, cuyo fin era limitar la cantidad de extranjeros “defectuosos” que ingresasen al país. Como afirma John Highman “desde el punto de vista de los eugenistas, la cuestión de la inmigración era fundamentalmente biológica, y para ellos admitir «razas degeneradas» parecía uno de los peores pecados que la nación podía cometer contra sí misma” (Highman, 1983, p. 151).

Charles Laughlin, miembro de The Immigration Restriction League, Secretario de la Eugenic Research Association y miembro del comité eugenésico de la American Breeder´s Association, fue uno de los eugenistas que principalmente colaboró en la implementación de la legislación anti-inmigratoria. Entre 1920 y 1924 participó de audiencias en el Congreso como especialista en eugenesia para apoyar el proyecto legislativo del Representante republicano, Albert Johnson (Washington), director del Congressional Committee on Immigration. Su tarea fue la de legitimar científicamente la inferioridad de la calidad hereditaria de los inmigrantes provenientes de países como Rusia, Polonia, Portugal e Italia, entre otras naciones europeas y asiáticas. Dentro de este gran conjunto de inmigrantes, se encontraban los judíos europeos.

El objetivo de Laughlin era establecer inspecciones y controles para analizar la calidad física y mental de los recién llegados previamente a darles admisión en el país (Carlson, 2001, p. 259). Esto respondía a la necesidad de mantener al país racialmente puro ya que, según el eugenista, “el carácter de una nación está determinado principalmente por sus cualidades raciales; es decir, por los rasgos físicos, mentales y morales o temperamentales hereditarios de su gente” (1920, p. 3). Para proteger esta calidad, su propuesta demandaba al Estado intervenir en la selección de inmigrantes para impedir que los defectuosos se reproduzcan en suelo americano (García González, 2012, p. 621). Según argumentaba Laughlin, “lo socialmente inapropiado como efecto y la degeneración racial como causa principal van de la mano; por lo tanto, nuestros Estados modernos deben esforzarse seriamente por reducirlas” (1922, p. 725).

Además de restricciones de entrada, Laughlin alentaba al Estado a imponer legislaciones de control matrimonial y esterilizaciones. Su propuesta suponía “un patrón de población controlado donde se regule la cifra, la raza y la calidad de los inmigrantes para asegurar esas cualidades en los descendientes futuros de la población del país receptor” (García González, 2012, p. 270).

Bajo los principios de la eugenesia, el eugenista definió los tipos de inadecuados sociales en cada grupo poblacional de migrantes recibidos en Estados Unidos. Con una óptica de eficiencia eugénica, afirmaba que

“la inadecuación social supone una doble desventaja; no solo quienes la sufren no contribuyen por sí mismos, sino que además requieren, para su cuidado, los servicios de personas normales y socialmente valiosas que bien podrían estar empleadas en trabajos más constructivos” (1922, p. 725).

Entre estas categorías estaban los enfermos mentales, epilépticos, tuberculosos, leprosos, ciegos, sordos, deformes, delincuentes y dependientes. lo cual incluye a huérfanos, indigentes y vagabundos (Laughlin, 1922, p. 725). Estas “clases excluibles” eran las que principalmente preocupaban a los eugenistas ya que se trataba de la mayor concentración de personas que podían volverse dependientes del Estado debido a la institucionalización (Laughlin, 1922, p. 730). La predilección de la eugenesia por realizar genealogías hereditarias, lo condujeron a establecer estadísticas que definían los niveles y promedios de degeneración según las nacionalidades y razas de los extranjeros.

La definición de las personas socialmente inadecuadas dada por Laughlin era clara: “aquella persona que, por su propio esfuerzo, de forma crónica e independientemente de la etiología o el pronóstico, no logra, en comparación con las personas normales, mantenerse como miembro útil de la vida social organizada del Estado” (1922, p. 780). Para evitar el ingreso de estas personas, el eugenista proponía realizar exhaustivos análisis físicos y mentales en los recién llegados. Para él no cabía duda de que aplicar estas precauciones se trataba de una necesidad eugenésica:

“La deducción lógica de estos hechos es que la inmigración no debe considerarse únicamente como un problema económico para la generación actual… La solidez del linaje familiar debe añadirse a la balanza cuando esta nación evalúa el valor de sus inmigrantes porque muchos inmigrantes se convirtieron en padres y, al transmitir sus propios rasgos hereditarios a sus hijos, influyen, en la dirección de sus cualidades innatas, en el carácter del estadounidense del futuro” (Laughlin, 1922, p. 748).

Esta propuesta confluyó en la sanción de la Johnson-Reed Act de restricción inmigratoria en 1924, lo cual significó un “triunfo para la teoría y la clasificación raciales” (Pearlmann, 2018, p. 205). Esta ley limitaba la cuota de inmigrantes recibidos por Estados Unidos al 2% anual de individuos por nacionalidad,4 a lo que se sumó el control de los orígenes nacionales y un aumento de las exigencias para aprobar el ingreso.

A su vez, la ley significó el establecimiento de una distinción cualitativa entre lo que se consideraban razas blancas deseables o no deseables (Pearlmann, 2018, p. 201), lo cual es absolutamente congruente con los objetivos de la eugenesia de mejorar la calidad de la propia descendencia en base a la distinción hereditaria los orígenes nacionales de las personas. Como puede notarse, exceptuando el rechazo antiasiático, la discriminación contra europeos significó “una fractura de la blancura en una jerarquía de razas blancas plurales y determinadas científicamente” (Jacobson, 1998, p. 7).

La Johnson Act se constituyó en la legislación más restrictiva de la historia estadounidense hasta el momento, lo cual tuvo como consecuencia principal, a largo plazo, el incremento del control de migrantes asiáticos y europeos, incluidos los judíos. De hecho, la inmigración cayó aproximadamente un 39 % en los cinco años posteriores a la sanción de la ley (Muzaffar y Gelatt, 2024).

Hasta aquí, la eugenesia estadounidense puede entenderse como una estrategia de gestión racial orientada a eliminar la degeneración. En ese sentido, el judío preocupaba principalmente por su condición de extranjero portador de vicios y costumbres ajenas a las locales. Charles Davenport, uno de los pioneros de la eugenesia estadounidense y fundador de la Eugenic Record Office en Cold Spring Harbor (Nueva York), aseveraba que la peligrosidad del judío radicaba en su tendencia innata al “individualismo intenso e ideales de ganancia a costa de cualquier interés” (1911, p. 216).

Davenport promovió la idea de que los judíos constituían un factor disruptivo para la sociedad estadounidense, como portadores de caracteres inasimilables. En Heredity in Relation to Eugenics (1911) resaltaba la tendencia de los judíos a instalarse en las grandes ciudades del país. La principal crítica con respecto a ellos era de carácter moral y revitalizaba principalmente el estereotipo del usurero. Lo cual Davenport oponía explícitamente al carácter ético-espiritual superior anglosajón estadounidense:

“no cabe duda de que, en su conjunto, las hordas de judíos que ahora nos llegan de Rusia y del extremo sureste de Europa, con su intenso individualismo e ideales de lucro a costa de cualquier interés, representan el extremo opuesto a los primeros ingleses… y a la educación de las familias en el temor de Dios y el amor a la patria” (1911, p. 216).

Davenport proponía abiertamente la implementación de medidas eugenésicas negativas de tipo intervencionista por parte del Estado como un medio para evitar la degeneración racial y social en Estados Unidos. De ahí su preocupación por la calidad inmigratoria y la posibilidad de ingreso de enfermedades y caracteres de diverso tipo y que no serían propias de la sociedad estadounidense. La idea de un virus que podía infectar física y moralmente a la nación estaba detrás de estos temores.

El principal teórico del antisemitismo científico estadounidense fue Madison Grant, estrecho colaborador de Davenport en la Eugenics Record Office, lo cual simboliza la fusión entre la racionalidad científica y el imaginario racialista. Miembro de la élite neoyorquina, Grant sentía un profundo rechazo por la cantidad de judíos que habitaban en la ciudad. Ferviente defensor del ambientalismo y la perseveración animal y vegetal, no dudaba en afirmar que la raza blanca estadounidense estaba en igual peligro de extinción que otras especies animales (Spiro, 2009, p. 97), como el bisonte o el oso pardo. Y esto se debía, según él, la influencia judía en el país.

Racista y nativista empedernido, en 1916 publicó su obra cumbre: The Passing of the Great Race. Es un tratado que advertía sobre los peligros del suicido racial de la raza blanca en Estados Unidos. Para ello se nutría de los principios de la eugenesia ya que alentaba la puesta en práctica de medidas biopolíticas para proteger el componente racial innato del país, lo que significaba la defensa de la cultura nacional. Afirmaba que

“el hombre tiene dos opciones para el mejoramiento racial: la reproducción a partir de los mejores individuos o la eliminación de los peores mediante la segregación o la esterilización. En las condiciones actuales, el método más práctico y prometedor para el mejoramiento racial es la eliminación de los elementos menos deseables de la nación, privándolos de la capacidad de contribuir a las generaciones futuras” (Grant, 1916, pp. 47-49).

Una de las principales razones que tuvo Grant para abrazar a la eugenesia fue su carácter preventivo ya que “ofrecía un método moderno y racional para reformar la sociedad y mejorar la especie humana. La pobreza, la locura, el alcoholismo, la delincuencia y las enfermedades genéticas podrían eliminarse si se aplicaran sistemáticamente los principios de la eugenesia” (Spiro, 2009, pp. 136-137). Para Grant, las reformas de tipo ambiental tenían poco efecto en la calidad hereditaria de las personas. De ahí que sus propuestas hayan influido principalmente en medidas de tipo negativo, que buscaba mitigar el impacto de la mezcla racial propia de la sociedad moderna al mismo tiempo que eliminar las políticas de caridad que permitían la supervivencia de los más pobres.

Como vicepresidente de la Immigration Restriction League, su trabajo fue, al igual que el de Laughlin, utilizado como argumentación válida por parte de los congresistas que buscaban limitar la inmigración. Al mismo tiempo, su trabajo influyó en la sanción de legislaciones de esterilización eugénica y en las de limitación matrimonial interracial.

Sin embargo, hay que mencionar que Grant no fue un eugenista de la rama hegemónica en Estados Unidos, es decir la más práctica o reformista, sino que perteneció a los que Stefan Kühl llama una antropología racial (Kühl, 1994, pp. 72-73), es decir, aquella inspirada en los principios de guerra e inequidad racial propuestos por Arthur Comte de Gobineau en su obra Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1855). Este autor proponía que la conflictividad racial era el motor de la historia, influencia que se percibe en Grant en su combinación de elementos de superioridad nórdica con un riguroso antisemitismo como reflejo de una batalla racial permanente, aspecto en el que fue más explícito que sus colegas.

La hipótesis central de The Passing of the Great Race retomaba la idea de la existencia de diferentes razas humanas que pertenecían a una jerarquía en la que los caucásicos ocupaban el lugar superior – una master race. Desde una rígida perspectiva racialista, afirmaba Grant que las razas “varían intelectual y moralmente al igual que físicamente. Los atributos morales, intelectuales y espirituales son tan persistentes como los caracteres físicos y se transmiten sin cambios de generación en generación” (1916, p. 197).

Entre los caucásicos se encuentran los nórdicos, los alpinos y los mediterráneos. Los estadounidenses blancos pertenecerían a la primera categoría. Los judíos, por no pertenecer a una raza europea, afirmaba Grant, no eran asimilables por los Estados Unidos (Spiro, 2009, p. 343). Y, desde ya, la posibilidad de que los extranjeros se mezclasen con los nativos no era vista por Grant como una realidad superadora, sino todo lo contrario: “combatir el suicidio racial fomentando la reproducción indiscriminada no solo es inútil, sino peligroso si conduce a un aumento de los elementos indeseables” (1916, p. 43). El caso de los judíos no era la excepción ya que, según Grant, “el resultado de la mezcla de dos razas, a la larga, da como resultado una raza que regresa al tipo más antiguo, generalizado e inferior… el cruce entre cualquiera de las tres razas europeas y un judío es un judío” (1916, pp. 15-16).

El aporte de Grant a la eugenesia estadounidense fue la incorporación de una dimensión antisemita de tipo científico que legitimaba los prejuicios preexistentes en los imaginarios de la conspiración judía internacional. Su preocupación produjo una obra que establecía contactos directos entre la supremacía blanca y el antisemitismo contemporáneo – lo que lo convierte en una lectura obligada para los círculos de extrema derecha.

Esto puede observarse de manera más directa en su libro de 1933, The Conquest of a Continent. Aunque fue menos exitosa que su obra anterior, Grant confirmaba sus postulados sobre la magnificencia de la raza blanca americana y el peligro del avance judío en el país. Para eso analizó los orígenes raciales nacionales y afirmaba la importancia que tuvo el hecho de que la nación hubiese sido inicialmente predominantemente nórdica, especialmente de origen británico – situación que se mantuvo hasta la Guerra Civil. Grant admiraba, sobre todo, el mítico origen puritano en Nueva Inglaterra y el espíritu rebelde contra el orden establecido por parte de estos colonos (1933, p. 67).

El cambio radical en la estructura racial de la nación se dio, según Grant, con el incrementó la población extranjera tanto católica como judía, lo cual significó un importante deterioro en la cultura nacional (1933, pp. 2-4). Esto se debió a la mezcla interracial, que condujo al suicidio racial de los anglosajones (Grant, 1933, p. 10), que se intensificó con la llegada de los judíos, lo que Grant definió como una “frenética invasión” de población, mayormente polaca, que “son esencialmente un pueblo no europeo” (Grant, 1933, pp. 224-225).

Es interesante resaltar que Grant fue más abiertamente pronazi que la generalidad de los eugenistas estadounidenses. De hecho, construyó al judío como el principal enemigo de la nación estadounidense, mientras que sus colegas los incorporaban en un entramado más amplio de inmigrantes indeseables. En general, los eugenistas estadounidenses estaban principalmente preocupados por el aspecto inmigratorio de los judíos y las posibles consecuencias degenerativas en términos patológicos o conductuales. Su especificidad antisemita radicaba más en una lógica de gestión poblacional que de exterminio.

Ciertamente, la eugenesia estadounidense fue abiertamente simpatizante y admiradora de la Alemania nazi (Kühl, 1994, p. 37), cuyas normativas eugenésicas en materia de higiene racial fueron inspiradas por el modelo de Estados Unidos (Whitman, 2017, p. 15). En efecto, los diálogos entre los eugenistas de ambos países eran sumamente fluidos. Los alemanes admiraban las legislaciones de control matrimonial, la legislación inmigratoria restrictiva y las leyes de esterilizaciones forzosas como estrategias válidas para limitar la influencia judía y los discapacitados raciales (Kühl, 1994, p. 36).

A su vez, los eugenistas estadounidenses Harry Laughlin y Frederick Osborn fundaron en 1937 una institución pronazi, que se encargó de divulgar en escuelas e instituciones eugenésicas de Estados Unidos películas nacionalsocialistas sobre higiene racial. Denominada Pioneer Fund, su objetivo inicial era promover la procreación de los descendientes blancos de los pioneros residentes en las trece colonias originales (Kühl, 1994, p 6).

Pero el hecho de que el nazismo impulsaba un violento antisemitismo como su programa fundamental era causa de preocupación entre muchos eugenistas de Estados Unidos, lo cual llevó hacia 1935 – por la sanción de las leyes de Nuremberg – a un deterioro de las relaciones entre los especialistas de ambos países (Kühl, 1994, pp. 97-98).

La eugenesia en Estados Unidos se trató más de una estrategia de purga de lo defectuoso dentro de los parámetros de la supremacía blanca que del exterminio abierto de un sector específico de la población. En el país norteamericano, el antisemitismo estrictamente demonológico, es decir el más aniquilacioncita, no fue propiedad estatal, sino patrimonio de la extrema derecha, que veía en el accionar oficial de su país una tendencia conspirativa y de infiltración judía.

Tanto Davenport como Laughlin expresaron un antisemitismo eugenésico, alejado de las explicaciones demonológicas propias del antisemitismo político de las extremas derechas. Lo reformularon más bien como un problema de tipo demográfico ya que, para ellos, se trataba de un racismo de opresión o explotación más que de aniquilación ya que se trataba de jerarquizar la sociedad (Ordover, 2003, p. xv) – mediante prácticas absolutamente agresivas, sin duda – y de purgar o segregar los elementos defectuosos. Pero es innegable que, en última instancia, estos imaginarios servían de base científica para legitimar al antisemitismo más conspirativo.

La distancia entre Estados Unidos y Alemania fue más instrumental que ética. Como afirma Stefan Kühl, “como un intento, motivado científica y políticamente, de mejorar la calidad de la humanidad, la eugenesia existió bajo todo tipo de sistemas gubernamentales —democráticos, fascistas y socialistas—, pero la relación entre la eugenesia y el poder estatal varió considerablemente” (Kühl, 1994, p. vii). La eugenesia pudo adoptar diferentes discursos y estrategias, pero en conjunto, colaboró en el mundo occidental a conformar biopolíticas validadas desde el poder científico como instrumentos de legitimación de los prejuicios raciales fuertemente arraigados en los imaginarios populares.

Conclusión

Durante las tres primeras décadas del siglo XX se consolidó el fenómeno del antisemitismo moderno. Se trató de la resignificación de prejuicios cristianos medievales para completar una deshumanización de la figura del judío, al que se racializa ya que se entiende que es su condición biológica lo que determina sus actitudes conspirativas.

En Europa, este proceso emergió lentamente luego de la Revolución Francesa, pero en Estados Unidos encontró expresión a partir de la década de 1880, debido a la gran oleada inmigratoria de judíos. No fue una mera imitación del antisemitismo europeo, sino que se trató de una traducción biopolítica con tintes propios ya que se articuló con la respuesta nativista. Sin embargo, desde el Estado también se aplicaron medidas que colaboraron en la propagación de ese antisemitismo. Es el mismo periodo del surgimiento del paradigma eugénico, que invocó la impulsión de un biopoder estatal con el objetivo de controlar la calidad reproductiva de la población. En este entramado, los judíos fueron un grupo afectado a partir de ser asociados con la trasmisión de enfermedades y actitudes criminales.

Se trataba de un fenómeno amplio que no era exclusivo de las extremas derechas. Por lo que se estableció una hegemonía a partir del racismo científico, que se aglutinó al racismo popular ya que explicaba y legitimaba de manera academicista los prejuicios de odio preexistentes. De este modo, el antisemitismo científico puede entenderse como un punto de encuentro entre ciencia, Estado y racismo popular ya que otorga una matriz cientificista a los temores nativistas, al mismo tiempo que busca fórmulas y estrategias de aplicación para contrarrestar tales ansiedades. Fue este un modo de integrar el antisemitismo dentro de la racionalidad biopolítica moderna ya que los viejos prejuicios se tradujeron al lenguaje de la ciencia, que permite una interacción entre los aspectos demonológicos y biológicos de dicho antisemitismo.

La eugenesia funcionó como un lenguaje legitimador del prejuicio, al apelar al Estado para imponer un orden social normalizado. Las estrategias eugenésicas permitieron justificar la exclusión de judíos, entre tantas otras nacionalidades y grupos humanos, en un Estados Unidos que atravesaba el periodo histórico del progresismo. Los progresistas compartían con la eugenesia un tinte antiliberal con el fin de incrementar la presencia estatal entre la población para mejorar la calidad social. La eugenesia aportó una carga de racismo que buscaba estandarizar la supremacía blanca.

Eugenistas como Davenport, Laughlin o Grant expresaron un antisemitismo eugenésico a partir de sus análisis de la cuestión inmigratoria. Como se vio, sus marcos teóricos antisemitas tuvieron una fuerte influencia en decisiones estatales al respecto. El objetivo era disminuir o erradicar la infiltración de elementos disgénicos foráneos en la nación. A partir del trabajo de estos personajes se puede observar el modo en que la ciencia interactuó con los prejuicios populares mediante un antisemitismo aplicado.

Por supuesto, estos no son los únicos antisemitas estadounidenses, pero sí los más reconocidos en cuestiones relacionadas con la inmigración y la confección de genealogías familiares. Lo que los convierte en personajes más hegemónicos en sus logros que los extremistas populistas del periodo.

El interés de estos intelectuales se centraba en imponer a la eugenesia como un modo de control poblacional para evitar degeneraciones. No proponía un exterminio explícito como sí lo hacía el nazismo. De hecho, ante el incremento cualitativo de la agresividad en el antisemitismo nazi, los eugenistas estadounidenses en general disminuyeron el diálogo con sus colegas alemanes. De todos modos, no se puede negar la existencia de un círculo vicioso por el cual, en definitiva, estos teóricos sirvieron como fuente legitimadora del antisemitismo más radical en Estados Unidos, sobre todo Madison Grant, considerado un profeta entre los círculos de extrema derecha del siglo XX.

Financiamiento o patrocinio

Esta investigación se ha desarrollado en el marco del proyecto europeo «Transatlantic Lab-101235830» (HORIZON-MSCA-2024-SE-01), dirigido por Consuelo Naranjo Orovio desde el IH-CSIC y el PIDUNTDFB - 12/2025 “Imaginarios de la alteridad en la cultura y los medios en América contemporánea”, dirigido por Ana L. Bochicchio (ICSE-UNTDF).

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Notas

1 Cursivas en el original.
2 Lo que no descarta que en el país las estrategias negativas interactuasen con las positivas, es decir, aquellas que apelaban al fomento de los deseables. Entre estas prácticas se encontraban las difusiones pedagógicas enmarcadas en disciplinas como la economía doméstica o la asesoría prematrimonial.
3 La primera ley de esterilización eugénica estadounidense fue legislada en Indiana en 1907. Muchos de los estados siguieron este modelo posteriormente.
4 Se toma como referencia el valor de residentes de dicha nacionalidad ya establecidos en Estados Unidos a partir del censo de 1910.

Recepción: 01 junio 2026

Aprobación: 28 junio 2026

Publicación: 01 agosto 2026



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