Trabajos y Comunicaciones, 2da. Época, Nº 43, e013, marzo 2016. ISSN 2346-8971
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Departamento de Historia

 

BALANCE

 

Experiencia, leguaje e identidad: Algunas notas sobre el concepto de experiencia en la obra de Joan W. Scott

 

Débora Garazi

Grupo de Estudios sobre Género, Familia y Subjetividades- Centro de Estudios Sociales y Políticos- Universidad Nacional de Mar del Plata- CONICET
Argentina
deboragarazi@gmail.com

 

Cita sugerida: Garazi, D. (2016). Experiencia, leguaje e identidad: Algunas notas sobre el concepto de experiencia en la obra de Joan W. Scott. Trabajos y comunicaciones, (43), e013. Recuperado de http://www.trabajosycomunicaciones.fahce.unlp.edu.ar/article/view/TyC2016n43a013

 

Resumen
Este artículo se propone analizar la noción de experiencia presente en la obra de la historiadora feminista norteamericana Joan W. Scott. Se realiza un recorrido por las conceptualizaciones de dicha noción utilizadas en la Historia Social de los años sesenta, setenta y ochenta con las cuales Scott ha tenido importantes diálogos y discusiones. Por último, se presentan algunas críticas y limitaciones que, tanto desde la historia con perspectiva de género como desde la teoría feminista, se han señalado sobre el concepto de experiencia desarrollada por Scott.

Palabras clave: Joan Scott; Experiencia; Historiografía; Feminismo.

 

Experience, lenguage and identity: some notes on the concept of experience in the work of Joan W. Scott

 

Abstract
This article analyzes the notion of experience present in the work of American feminist historian Joan W. Scott. It analyzes different notions of experience used in the Social History of the Sixties, Seventies and Eighties with which Scott has had significant dialogues and discussions. Finally, we present some critic to the concept of experience developed by Scott, that come both from gender history and feminist theory.

Keywords: Joan Scott; Experience; Historiography; Feminism.

 
Introducción

Las disciplinas y los conceptos no son inmóviles, se encuentran en constante tránsito o, como dijera Mieke Bal (2002), en “viaje” (Lacapra, 2006). Así como las fronteras de las disciplinas se alteran, se definen y re-definen continuamente, los conceptos se mueven entre comunidades académicas, entre períodos históricos o, incluso, entre disciplinas o al interior de ellas. Son espacios de debate que ofrecen en sí mismos teorías en miniatura cuyos significados, alcances y valores operativos van mutando a medida que se desplazan.

Particularmente, a lo largo del siglo XX la Historia ha sufrido muchas transformaciones en las que la incorporación de nuevos sujetos a su análisis fue central para redefinir no sólo a la disciplina en sí, sino sus problemas, conceptos, perspectivas, metodologías, fuentes, etc. Sin embargo, hay ciertos conceptos que aunque con distintas interpretaciones, definiciones o implicancias teóricas, aparecen de modo recurrente. Uno de ellos ha sido el de experiencia. Aunque ya presente en las producciones y reflexiones de filósofos e historiadores de fines del siglo XIX y principios del XX como Dilthey o Collingwood, dicha noción adquirió cada vez más fuerza e importancia dentro del campo historiográfico con el auge de la Historia Social a mediados del siglo pasado. Uno de sus intereses principales fue la recuperación de las voces y experiencias de los grupos subordinados u oprimidos, hasta entonces ignorados por la disciplina (Sazbón, 1996; Iggers, Marcos y Bieg, 1998; Hernández Sandoica, 2004).

En ese contexto, la experiencia se erigió como un factor central para abordar cuestiones vinculadas a las identidades de los sujetos ya fueran individuales o colectivos. Sin embargo, las articulaciones entre ambas no siempre han sido las mismas. Particularmente, los diálogos establecidos a partir de las décadas del sesenta y setenta entre la historiografía, la teoría feminista y los estudios de género, en relación con los denominados “giro lingüístico” y “giro cultural”, constituyeron una nueva forma de concebir dicha articulación (Jay, 2009, Bach, 2010).

En el presente balance nos proponemos mostrar cómo los aportes de Joan W. Scott, tanto con su práctica historiográfica como sus diálogos con la teoría feminista, han contribuido a desafiar las concepciones esencialistas sobre el sujeto a través de la relación que ha establecido entre experiencia, identidad y lenguaje. La incorporación del lenguaje y del discurso como dimensiones axiales para la compresión de la formación de las identidades fue uno de los recursos de los que se sirvieron algunas teóricas feministas y, entre ellas Joan W. Scott, para abordar, en primer lugar, la construcción genérica de los sujetos. Luego, con esa misma lógica, Scott propuso abordar desde una perspectiva histórica la formación de otras identidades ancladas en diversas experiencias (clasistas, raciales, étnicas, religiosas, nacionales, familiares, laborales, etc.). La elección de la obra de esta historiadora como eje en torno al cual estructurar el presente balance se debe al consenso que existe dentro de la historiografía en reconocer su producción como un hito dentro de la historiografía feminista y de género (Valobra, 2005; Hernández Sandoica, 2006).

El balance estará estructurado en tres apartados. En el primero, revisaremos algunas de las formas en que ha sido empleada la noción de experiencia en la Historia Social de los años sesenta, setenta y ochenta dentro de la cual Scott comenzó su formación y con la cual había tenido importantes vinculaciones. En el segundo apartado analizaremos las críticas que Scott ha realizado a dichas conceptualizaciones y mostraremos sus aportes a la historiografía a partir del diálogo con algunas teóricas feministas, brindando nuevas herramientas y categorías para abordar los procesos de construcción de subjetividades.1 Por último, en el tercer apartado daremos cuenta de las limitaciones que, desde enfoques feministas o de género han señalado de la interpretación de Scott.

La experiencia en la Historia Social

Las teorías sobre el sujeto social y la formación de identidades han sido múltiples. Aunque sería difícil y erróneo realizar un esquema lineal puede decirse que, en determinados contextos históricos, han prevalecido ciertas formas de concebir al sujeto. Así, Stuart Hall (1992) ha realizado una clasificación que identifica tres tipos de sujetos: el sujeto del iluminismo, el sujeto sociológico y el sujeto posmoderno.

El sujeto del iluminismo es un sujeto individual, totalmente centrado, donde la coherencia consigo mismo a través del tiempo es su marca identificatoria. Este sujeto tiene la capacidad de razonar y actuar en consecuencia y su ‘centro’ consiste en una especie de esencia interior que emerge cuando el sujeto nace y se va desarrollando con él, aunque se mantiene idéntica a lo largo de toda la vida. Este centro esencial es precisamente la identidad de la persona. Esta idea de sujeto individual y soberano es propia del Renacimiento y la Ilustración y constituye una ruptura respecto de la idea de sujeto de la antigüedad (con su carga de la identidad colectiva y destino inmodificable). Como reacción a esta concepción iluminista del sujeto, y como resultado de la complejización social que produjo la Revolución Industrial, aparece lo que Stuart Hall denomina sujeto sociológico. Esta concepción sostiene que la esencia interior de la que habla el iluminismo en realidad no es autónoma, sino que se forma en relación a los ‘otros significativos’, quienes median para el sujeto los valores, significados y símbolos, es decir, lo cultural, el mundo que el sujeto habita. De ese modo, la sociología desarrolló una versión alternativa de la formación de subjetividades a través de su pertenencia y participación en diversas relaciones sociales. Al mismo tiempo, desde esta lectura los procesos y las estructuras sociales se sostendrían por los distintos roles que los individuos tienen en ellas.

La aparición de la idea de sujeto posmoderno está relacionada con la idea de que algo se ‘desestabilizó’ en la relación de ajuste entre el sujeto y la estructura social de la que hablaba el funcionalismo (autores como Talcott Parsons). De esta forma, el sujeto que había sido considerado como teniendo una identidad unificada y estable, comenzó a entenderse como fragmentado, compuesto de varias (y muchas veces contradictorias) identidades sociales y culturales. Este sujeto posmoderno se caracteriza por no tener una identidad fija, permanente o esencial sino que es formado y transformado continuamente en relación con las distintas maneras en que los sujetos son representados o interpelados en los sistemas culturales de en los que se sitúan. Esta idea de sujeto posmoderno es el resultado de lo que Hall denomina ‘procesos de descentramiento del sujeto’ de los que forman parte el pensamiento marxista, el psicoanálisis freudiano, los aportes teóricos de Ferdinand Sassure y de Michel Foucault y, como un factor fundamental, el feminismo (Hall, 1992). Particularmente, algunas corrientes dentro de la teoría feminista pusieron en tela de juicio las interpretaciones corrientes acerca de cómo era adquirida la identidad de género y la identidad en general. Allí la noción de experiencia, articulada con otras, adquirió centralidad (volveremos a esta cuestión más adelante).

El concepto de experiencia ha sido una herramienta conceptual que permitió recuperar las prácticas y vivencias de los sujetos en los procesos históricos. Sin embargo, el término no posee una única y cerrada acepción y, precisamente en esa multiplicidad de abordajes y definiciones es que radica su complejidad y su riqueza. Los debates que ha generado desde la Antigüedad hasta nuestros días dentro de un amplio campo que incluye lecturas desde la epistemología, la religión, la estética, la política hasta la historia, dan cuenta de las distintos y muchas veces contradictorios significados que puede adquirir este concepto al desplazarse en el tiempo, el espacio, entre disciplinas o entre pensadores.

En este sentido, es obligatoria la referencia a los historiadores marxistas británicos quienes, en los sesenta y setenta, demostraron un constante interés en la ‘experiencia’ de sujetos hasta entonces ignorados por la historiografía. En La formación de la clase obrera en Inglaterra, Edward P. Thompson advertía sobre la importancia de las experiencias comunes de los hombres y la articulación de sus intereses en la conformación de la clase. En su lectura, la experiencia estaba ampliamente determinada por las relaciones de producción en que los hombres nacían o en las que entraban de manera involuntaria. Estas se expresaban en términos culturales en tradiciones, sistemas de valores, ideas y formas institucionales. Si bien la experiencia aparecía como algo determinado, la conciencia de clase (forma en que se expresaban esas experiencias) no lo estaba, ya que las identidades se conformaban a partir de una articulación entre dichas experiencias y la cultura (Thompson, 2012 [1963]).

Su noción de experiencia combinó las ideas ser social y de conciencia social, es decir, de influencia externa y sentir subjetivo, lo estructural y lo psicológico. En sus obras los hombres y las mujeres aparecían como sujetos, no como sujetos autónomos o individuos libres, “sino como personas que experimentan las situaciones productivas y las relaciones dadas en que se encuentran (…) ‘elaborando’ luego su experiencia dentro de las coordenadas de su conciencia y su cultura por las vías más complejas y actuando luego a su vez sobre su propia situación” (Thompson, 1981: 253).

La obra de Thompson se desarrolló dentro del marco de ciertas tradiciones historiográficas determinadas como lo fueron el marxismo británico y la Historia Social (y dentro de ella, muy próxima a la historia económica y a la historia del trabajo y los trabajadores). Sin embargo, la inclusión de aspectos de la cultura, la conciencia, la experiencia y la agencia, supuso una ruptura decisiva respecto a otras formas de marxismo caracterizados por el reduccionismo económico (Hall, 1994).

En ese sentido, la producción de Thompson dio un importante impulso a la emergencia de los Estudios Culturales, línea de estudios en la cual la obra de Raymond Williams también ha tenido una importante incidencia. Particularmente, en Palabras clave (2003 [1975]) Williams ha realizado un recorrido por algunos de los usos que el concepto de experiencia ha tenido desde el siglo XVIII. Allí el autor estableció que, en el siglo XX, experiencia adquirió dos sentidos fundamentales y, al mismo tiempo, opuestos. Por un lado,

“la experiencia (presente) se propone como el fundamento necesario (inmediato y auténtico) para todo el razonamiento y análisis (subsiguientes), [por otro lado] la experiencia (…) se ve como el producto de condiciones sociales, sistemas de creencia o sistemas fundamentales de percepción y, por lo tanto, no como material de las verdades sino como evidencia de condiciones o sistemas que por definición ella no puede explicar por sí misma” (Williams, 2003 [1975]: 140).

Dentro de la historiografía de tradición marxista Gareth Stedman Jones ya había presentando una discusión sobre los usos del lenguaje en los historiadores del trabajo constituyendo una renovación del pensamiento en este campo. Es precisamente sobre las concepciones de lenguaje de este autor que Scott va a realizar ciertas críticas. Apuntando contra Thompson, Stedman Jones ha sostenido que si bien la retórica de la clase apela a la experiencia objetiva de los trabajadores, tal experiencia sólo existe a través de su organización conceptual, por lo tanto, lo que cuenta como experiencia no puede establecerse mediante la recolección empírica de datos sino mediante el análisis de los términos de la definición ofrecida en el discurso político. Desde esta perspectiva, los orígenes de la clase no deben buscarse en las en las condiciones materiales objetivas ni en la conciencia, sino en el lenguaje de la lucha política. Su crítica apuntaba a señalar que los clásicos conceptos de conciencia y experiencia de clase tendían a ocultar el carácter problemático del propio lenguaje. De a acuerdo a Stedman Jones, ambos conceptos entendían al leguaje como un simple medio a través del cual la “experiencia” encontraba su expresión. Influenciado por la obra de Saussure, destacó la materialidad del lenguaje y la imposibilidad de acotarlo a la realidad del “ser social”, siendo imposible así separar la experiencia del lenguaje que estructura su articulación (Stedman Jones, 2014 [1983]).

Los Estudios Culturales ligados a la Historia Social supusieron una gran novedad y tuvieron una fuerte presencia en el campo historiográfico durante la década del setenta. Sin embargo, las críticas y los desafíos a esta forma de abordar la Historia no tardaron en llegar. La Historia Social fue lentamente socavada por otras maneras de entender la disciplina que desafiaron algunas de sus concepciones dominantes. El camino que llevó al desplazamiento de la Historia Social a los márgenes y al posicionamiento de la Nueva Historia Cultural en el centro del campo no es sencillo de delimitar. Las marchas y contramarchas, las intersecciones, las bifurcaciones y las convergencias caracterizan a dicho proceso. Particularmente nos interesa rescatar los puntos de intersección entre la Historia y la teoría feminista y, específicamente, los aportes que realizaron en torno a la construcción del sujeto. Estos diálogos se dieron en un contexto intelectual en el que confluían ciertas corrientes de pensamiento que ofrecieron a los historiadores nuevos recursos y estrategias para abordar el pasado. El posestructuralismo, la teoría feminista y el pensamiento de Michel Foucault tuvieron un impacto decisivo en la redefinición de las fronteras de la disciplina (Chartier, 1993; Eley, 2008).

La experiencia y la identidad en la obra de Joan W. Scott

En la década del ‘80, algunas teóricas cercanas a las corrientes postestructuralistas y preocupadas por los efectos del lenguaje, comenzaron a discutir y repensar la categoría de experiencia y, vinculada a ella, la de identidad. Dentro de los diálogos entre el feminismo y la historiografía, la obra de la historiadora norteamericana Joan W. Scott constituye una referencia ineludible debido a su importante influencia tanto en la historiografía como en el movimiento feminista internacional, mostrando la utilidad de la historia como fuente de reflexión sobre los problemas sociales y políticos actuales. Su producción es una clara muestra de la transitoriedad (LaCapra, 2007) del conocimiento y de la Historia, sus aportes, autocríticas y reformulaciones dan cuenta de la complejidad y pluralidad de su obra.2

En la década del ‘80, Scott, enmarcada hasta entonces dentro de los límites ofrecidos por la Historia Social, realizó un juicio sobre su propia labor sosteniendo que si bien el rescate de los sujetos sociales subalternos había permitido otorgarles un lugar ignorado hasta entonces por la historiografía tradicional, en general había tenido como contraparte una falta de problematización de las categorías de adscripción a las que pertenecían aquellos sectores. Había una tendencia a considerarlos como entidades fijas con identidades que se daban por supuestas. Desde su perspectiva, el enfoque postestructuralista, permitiría relativizar e historizar esas identidades, en tanto las trataba como configuraciones constituidas discursivamente, en una relación diferencial con otras categorías de adscripción. Así, influenciada por las obras de Derrida y Foucault, la teoría psicoanalítica, la crítica literaria y la antropología cultural, la denominada Historia pos-social, cuestionaba la idea de que la realidad social y material sea una entidad objetiva y que, debido a ello, tenga la capacidad de determinar causalmente la conducta de los actores históricos (Acha, 2000; Cabrera, 2006; Eley, 2008).

Uno de los puntos de partida de la propuesta teórica de Scott fue la crítica a la noción de clase de Thompson. En primer lugar la autora destacó la opacidad de las mujeres en la obra de Thompson producto de su concepción del movimiento colectivo en términos unificadores y las dificultades que trajo aparejadas para incorporar la diversidad y la diferencia. Desde su lectura, La formación… era una historia acerca de los hombres y la clase, en tanto, se había construido como una identidad masculina. En otro nivel, su crítica estaba dirigida a la manera de entender la experiencia que subyacía en dicha noción de clase. En la obra de Thompson la conciencia de clase era la expresión cultural de la experiencia de los hombres sobre las relaciones de producción y, aunque ésta pudiera variar de un lugar a otro, era un fenómeno identificable. Distanciándose de esta interpretación, Scott propuso prestar atención al discurso en lugar de a la conciencia, abriendo nuevas posibilidades de interpretación. Sus interrogantes estaban dirigidos a problematizar cómo se formularon las categorías de clase a través de la representación en momentos históricos específicos y atendiendo a las semejanzas que constituyeron los límites de las posibilidades lingüísticas. El concepto de clase no sería unitario sino un campo que contiene significados múltiples y discutibles. Scott rechazó así la oposición entre vida material y pensamiento político y entre experiencia y conciencia y argumentó que la articulación, la construcción del sentido, debe ser analizada como un conjunto de acontecimientos en sí mismo (Scott 2008 [1986]).

Otro de los blancos de la crítica de Scott fue la lectura literal del lenguaje que había realizado Stedman Jones. La historiadora discutió su idea de que el lenguaje refleja una realidad externa a sí mismo, en lugar de ser un elemento constitutivo de esa realidad (Scott, 2008 [1987]). Para Scott el lenguaje no es solamente un medio de representación de la realidad, sino que además opera como un sistema de significación, interviniendo activamente en la producción de los significados que se atribuyen al mundo real y a partir de los cuales se organiza y da sentido a la práctica. En términos de Scott el lenguaje es un sistema “mediante el cual se construye el significado y se organizan las prácticas culturales y mediante el cual, por consiguiente, las personas se representan, y comprenden su mundo, incluyendo quiénes son y cómo se relacionan con los demás” (Scott, 1992 [1988]: 89). Por lo tanto, la “confusión” de Stedman Jones tenía su origen en el empleo de los términos –particularmente el de “clase”- como categorías objetivas del análisis social, en vez de considerarlos como identidades creadas histórica y contextualmente (Scott, 2008 [1987]).

Los diálogos con la teoría feminista ha sido un punto central de la obra de Scott. Particularmente Judith Butler fue una de sus principales interlocutoras (Butler, 2011). Para Butler el lenguaje cumple un papel central en la construcción de las subjetividades y de la identidad. En ese sentido, su noción de sujeto se aleja de toda concepción de sujeto libre, consciente y dueño de la significación y de los efectos de sus actos y, por lo tanto, la ‘agencia’ estará a la vez limitada y posibilitada por el lenguaje (Butler, 1997, 2007). Sin embargo, la argumentación de la autora apunta a pensar las formas de salirse de esos límites que el discurso impone. Para ello apela al concepto de ‘iterabilidad’ de Jacques Derrida, quien sostiene que todo el lenguaje está compuesto por citas, en el sentido de que siempre estamos repitiendo las palabras de otro. No obstante, ninguna repetición es idéntica a otra, y es precisamente allí donde se introduce el elemento singular, distintivo de cada individuo (Butler, 2001, 2005). El lenguaje, entendido como discurso, es un conjunto de formas conceptuales, culturalmente establecidas, de percibir, aprehender y hacer inteligible el mundo. Los conceptos, en tanto, no sólo se refieren a la realidad, sino que contribuyen a la elaboración de la imagen que tenemos de ella e influyen en el modo en que experimentamos la realidad y en el que dicha realidad incide en la construcción de subjetividades.

Estas lecturas preocupadas por los procesos constitutivos de las identidades de género de los sujetos, pueden ser útiles para desestabilizar otro tipo de identidades ancladas en otras experiencias.3 Ahora bien, ¿cómo puede trasladarse al plano de la investigación histórica? Si para los historiadores marxistas británicos dichas experiencias estaban asentadas, en última instancia, en las condiciones materiales de vida ¿Cómo resignificó Scott la noción de experiencia en relación al lenguaje?, o ¿qué aportes conceptuales y metodológicos pensados, en un primer momento, para de-construir el género ha recuperado para de-construir otras categorías identitarias?

A inicios de la década del ‘90 Joan W. Scott publicó un ensayo en el que reflexionaba en torno al uso de la experiencia como evidencia histórica, sobre todo, en la “historia de la diferencia”, que pretendía completar el registro del pasado incorporando a sujetos que habían sido desestimados por la historia tradicional: mujeres, negros, minorías sexuales, etc. (Scott, 2001 [1992]). La autora sostuvo que la apelación a la experiencia como evidencia incontrovertible y como punto originario de la explicación y del análisis, le quitaba impulso crítico a la historia. De acuerdo a Scott, la Historia -contradiciendo en cierto punto su propia labor- había tendido a olvidar el carácter histórico de las categorías y fortalecido una tendencia a su naturalización. De esta forma, al tomar como evidentes las identidades de aquellos cuya experiencia se pretendía documentar, hubo una propensión a naturalizar su diferencia, sin considerar cómo se establecía la diferencia, cómo operaba y de qué maneras constituía sujetos que veían el mundo y actuaban en él. La propuesta de Scott, entonces, fue dirigir la atención a los procesos históricos que, a través del discurso, posicionan a los sujetos y producen sus experiencias. Su punto de partida es la premisa de que nuestro acceso a la realidad que percibimos, observamos o pretendemos conocer, nunca es directo, sino que se realiza a través de un conjunto de supuestos previos sobre el funcionamiento de esa realidad. La experiencia, por lo tanto, no es el origen de la explicación ni la evidencia definitiva, sino más bien aquello que se pretende explicar. No son los individuos los que tienen la experiencia, sino los sujetos lo que son constituidos por medio de la experiencia.

La reformulación del concepto de experiencia condujo, asimismo, a una redefinición del concepto de identidad. Scott rechazaba las lecturas esencialistas, estáticas y ahistóricas de las identidades. Al igual que las experiencias, las identidades son variables, discursivamente organizadas en contextos particulares. En sus estudios sobre la identidad femenina, Scott niega que la mujer sea un sujeto natural, y por lo tanto universal y ahistórico. La propuesta de Scott es desentramar cómo han sido construidos los significados subjetivos y colectivos de las mujeres y los hombres como categorías de identidad. Para la autora, los sujetos no preexisten a las categorías de identidad que los definen como tales. Son dichas categorías las que, al clasificar a los individuos en función de una cierta concepción del mundo, los constituyen como sujetos y actores históricos. Las identidades no son efectos de los atributos personales de los sujetos, sino del hecho de que tales atributos son definidos como elementos constitutivos de la identidad. Por lo tanto no es el sexo, la clase o la raza lo que determina las identidades, sino el hecho de que el sexo, la clase o la raza hayan sido discursivamente establecidos, con anterioridad, como criterios o marcas de identidad (Cabrera, 2006).

Sin embargo, Scott sostiene que una vez que una identidad ha sido conformada, su proceso de constitución discursiva queda enmascarado y la identidad aparece como algo natural y estable. Pero los historiadores/as no deben olvidar la existencia de dicho proceso y la necesidad de proceder a su análisis si se quiere comprender y explicar la formación de la identidad en cuestión. La imposición de un estatus de sujeto (como por ejemplo obrero, campesino, mujer, negro, etc.) oculta las operaciones de diferencia que subyacen a la organización de la vida social, ya que cada una de esas categorías, al ser tomadas como algo fijo, invisibiliza el proceso de construcción del sujeto y de ese modo hace que tendamos a naturalizarlo (Scott, 2001[1992]). La propuesta de Scott, siguiendo a Michel Foucault, es “historizar las categorías en el presente como si fueran realidades evidentes en sí mismas” (Scott, 2006 [2001]:117). Particularmente en relación a la identidad femenina Scott sostiene que el sentimiento de identidad común de las mujeres no preexiste a su invocación, sino que es posibilitado por las fantasías que les permiten trascender la historia y la diferencia. En ese sentido, la identidad como un fenómeno continuo y coherente es, según Scott, una fantasía que borra las divisiones y las discontinuidades, las ausencias y las diferencias que separan a los sujetos en el tiempo. Para la autora, allí “donde hay evidencia de lo que parece una identidad duradera e invariable hay una historia que necesita ser explorada” (Scott, 2006 [2001]: 138).

Algunos límites de la experiencia de Scott

Si bien la propuesta teórica de Scott tuvo un impacto decisivo dentro de la historia de género algunas historiadoras han alertado sobre sus falencias. El 1987, Chistine Stansell señaló el carácter determinista que adquiría en el leguaje en la noción de experiencia de Scott. Según la lectura de Stansell la concepción de lenguaje de Scott estaba formada por dos nociones. Por un lado, estaba la concepción del lenguaje como el producto de un proceso social de articulación, algo fluido e innovador, indivisible de la totalidad de la experiencia. Por otro lado, encontraba en Scott cierta propensión a concebir el lenguaje como una cosa en sí misma, un modelo de entendimiento que evoluciona según sus propias leyes internas y que moldea la experiencia humana de acuerdo con sus demandas formales. De esta forma el lenguaje aparecería todavía separado de lo social, pero la causalidad habría sido invertida: ahora el lenguaje determinaba la forma de las relaciones sociales y no a la inversa (Stansell, 1987).

Haciéndose eco de dichas críticas Scott aclaró cuál era la noción de discurso y de lenguaje que atravesaba su idea de experiencia. Por discurso entendía formas totales de pensamiento, de comprensión de cómo opera el mundo y de cuál es el lugar que uno tiene en él. No son sólo formas de pensamiento, sino formas de organizar los modos de vida, las instituciones, las sociedades; formas de materializar y justificar las desigualdades, pero también de negarlas. Su noción de discurso, sostiene, es foucaultiana ya que lo considera un procedimiento fructífero para analizar los mecanismos del poder en el ámbito de las ideas y de las instituciones, sin entrar en cuál de los dos es el principal, el anterior o la causa del otro. Para ella el lenguaje no sólo hace posible la práctica social, es la práctica social (Scott, 1987).

En un ya clásico artículo Kathleen Canning (1994) se propuso volver sobre los términos de experiencia y discurso y, como derivadas de ellos, sobre las nociones de agencia, subjetividad e identidad. Su objetivo era desentrañar las relaciones entre discursos y experiencias mediante la exploración de las formas en que los sujetos median o transforman los discursos en contextos históricos específicos. Si bien destacó que Scott ofreció una deconstrucción magistral del concepto de experiencia su límite estuvo en que no llegó realmente a redefinirlo. Además observó que, a pesar de que Scott reconoció los conflictos entre los sistemas discursivos y las contradicciones dentro de cualquiera de ellos, para ella las transformaciones de las identidades individuales se llevan a cabo dentro de sistemas discursivos que permanecen aparentemente fijos. Es por ello que Canning concuerda con Scott respecto a que los sujetos y la experiencia se constituyen discursivamente pero subraya que aquellos también poseen ‘agencia’ (entendida como capacidad de acción), producida en determinadas condiciones. Su crítica es que Scott no avanza sobre la cuestión de cómo los sujetos median, resisten o transforman los discursos en el proceso de construcción de sus identidades. Para Canning, entonces, una concepción de la ‘agencia’ como lugar de mediación entre los discursos y experiencias sirve para desalojar la visión determinista en la que el discurso siempre parece construir completamente la experiencia (Canning, 1994, 2006).

Como mencionamos anteriormente, Scott no sólo ha tenido influencia sobre la investigación histórica sino que ha mantenido importantes diálogos con la teoría feminista en un sentido amplio y ha influenciado la práctica política. Es por ello que, por fuera del campo historiográfico, algunas feministas poscoloniales también han marcado los límites de su interpretación sobre la experiencia. Algunas autoras sostienen que mientras Scott ayuda a acercarse críticamente a dicha noción, su propuesta impide un compromiso efectivo con las narrativas de experiencias de sujetos marginales ya que su conceptualización como una producción discursiva simplifica demasiado la relación entre experiencia y lenguaje.

Retomando los planteos de Chandra Talpade Mohanty, Shari Stone-Mediatore (1998) propone una consideración alternativa de experiencia, que se propone ni naturalizarla ni reducirla a discurso, sino considerar las complejidades de la experiencia histórica y las relaciones recíprocas entre experiencia y escritura. Su propuesta es leer las narrativas más sutiles de experiencia marginal poniendo en primer plano sus intervenciones en los discursos hegemónicos y reconociéndolas como desafíos a nuestras propias imaginaciones históricas.4 Para ella, cuando Scott define a la experiencia como un fenómeno epistemológico analizable en términos de mecanismos retóricos, deja a las historiadoras sin una noción de existencia subjetiva distinta de las representaciones de la existencia. Así, en su esfuerzo por rechazar una separación entre experiencia y lenguaje, Scott pasa por alto la distinción entre las dos, disolviendo a la experiencia en el lenguaje. Si bien concuerda con la crítica que Scott realiza a los enfoques más empiristas, destaca que el suyo también es limitado: al poner en el mismo plano a la experiencia con las representaciones de experiencia, oscurece el papel que tiene la experiencia subjetiva en la motivación y su intervención formadora en las prácticas de representación.

Consideraciones finales

La relación entre Historia y teoría ha sido conflictiva. Con gran claridad Omar Acha ha sostenido que el antiteoreticismo que ha caracterizado a la historiografía ha llevado a un empirismo que considera como cosas a subjetividades, acontecimientos y procesos, a partir de cuya existencia la investigación histórica comienza. De esta forma, se evita historizar los objetos de estudio y se les otorga una consistencia ontológica. Frente a esta forma de concebir y ejercer la práctica histórica, las teorías feministas y los estudios de género habilitaron una nueva forma de comprender la disciplina. En primer lugar, al incorporar nuevos sujetos, la historiografía feminista se opuso a una mirada totalizadora (masculina, heterosexual, blanca, de clase media) de los procesos históricos. La deconstrucción de ese relato histórico supuso la desestabilización de toda unidad de identidad de la sociedad o de la cultura ya que mostró la imposibilidad de encontrar una esencia de las mismas o una lógica autosuficiente (Acha, 2000).

El recorrido propuesto deja a la vista que existen problemáticas teórico-conceptuales recurrentes dentro del campo historiográfico. En el balance hemos intentado resaltar los aportes de Joan W. Scott en torno a la utilización del concepto de experiencia y a las consecuencias epistemológicas que ello conlleva. Los lazos establecidos entre dicho concepto y las nociones de lenguaje e identidad y su propuesta teórico-metodológica de abordaje articulado crean una nueva trama, un nuevo tejido, que debe ser estudiado en forma integral, devolviéndole la complejidad a los procesos de formación de identidades. Re-pensar la investigación histórica desde una perspectiva de género implica volver sobre problemáticas ya conocidas con un lente que no sólo ‘mira’ nuevas cuestiones sino que las ve de otra manera. La incorporación del lenguaje y del discurso como dimensiones centrales para la compresión de la construcción de subjetividades fue, entre otras, una de las principales contribuciones teórico-metodológicas que ha realizado la historiadora feminista norteamericana a la historiografía. Si bien muchas teóricas estaban preocupadas por las formas de construcción de las identidades de género de los sujetos, otras partieron de premisas similares para proponer el abordaje de otras identidades ancladas en diversas experiencias. De esta forma, estas teóricas feministas han contribuido al desarrollo de una práctica historiadora más crítica y compleja. En primer lugar al discutir y negar la universalidad de diversos objetos y sujetos de estudio, en segundo lugar, al exigir la incorporación de nuevas fuentes y operaciones interpretativas y, en tercer lugar, al reconocer que la práctica historiadora es ideológica y, en tanto, está situada (Acha, Basualdo, Halperin, 2000).

Si bien la lectura de Scott ha sido cuestionada desde dentro de los estudios y la historia de género y feminista, entendemos que las su teoría al proponer articular las nociones de experiencia e identidad, ambas atravesadas por una noción del lenguaje entendido como productor de significados a partir de los cuales se organiza y da sentido a la práctica, constituye un importante interlocutor con el cual las teorías pensadas desde distintas latitudes pueden establecer diálogos, no para utilizar sus categorías de análisis sino para de-construir las propias y para abordar las propias experiencias en el sentido que le da Scott, es decir, no como punto de partida del análisis, sino como objeto mismo de análisis.

 
Agradecimientos

Agradecemos a Inés Pérez, Andrea Torricella y Norberto J. Álvarez sus invaluables aportes para la elaboración de este artículo así como a la Agencia Nacional de Promoción de la Ciencia y Tecnología (ANPCyT, PICT 2013-3089) y al CONICET.

 
Notas

1 Cabe mencionar que la teoría feminista tributa a un campo multidisciplinar en el que carece de sentido establecer la separación tradicional entre ciencias sociales, humanidades y filosofía. Tanto la incorporación de la teoría feminista a diversas disciplinas, como el desarrollo de los estudios de género, configuraron un campo de estudios que ha desafiado las fronteras disciplinares y han contribuido a construir un área común de conocimiento. Sin embargo, si bien en este balance remitiremos a autoras y a aportes provenientes de distintas disciplinas el foco estará puesto en la historiografía y en los diálogos que se han establecido o podrían establecerse con ésta.

2 Aclaración: para citar los textos de Scott tendremos en cuenta dos fechas. Entre paréntesis citamos la fecha de la edición con la que trabajamos y entre corchetes citamos la fecha original del artículo o libro ya que para un trabajo en el que se pretende analizar los aportes de la obra de un autor/a, un dato crucial son las fechas originales de sus publicaciones.

3 Estas lecturas discuten con aquellas que, aun desde el feminismo, han opuesto la naturaleza a la cultura. Ya en El Segundo Sexo (2008 [1949]) de Simone de Beauvoir podemos encontrar un antecedente de un debate muy extenso en torno a las identidades de género de los sujetos, que aún no ha finalizado. Gayle Rubin, por citar un ejemplo, definió el concepto de sistema de sexo/género como el sistema de relaciones sociales que transforma la sexualidad biológica en productos de actividad humana y en el que se encuentran las resultantes necesidades sexuales históricamente específicas (Rubin, 1986). Frente a estas posturas que conservaban cierto carácter biologicista es que distintas teóricas feministas han alzado sus voces. Por ejemplo, Donna Haraway, zoóloga y filósofa feminista, argumentó en contra del esencialismo, definido como cualquier teoría que declare identificar una causa o constitución de identidad de género o patriarcado universal, transhistórica y necesaria. En su clásico “Manifiesto para cyborgs” (1991) Haraway ha sostenido que no hay nada acerca de ser hembra que una naturalmente a las mujeres y ni siquiera existe tal estado como el de “ser” hembra, que de por sí es una categoría altamente compleja construida en discursos científicos sexuales debatidos y otras prácticas sociales.

4 Ahora bien, estas posiciones que otorgan centralidad al lenguaje y al discurso para dar cuenta de la experiencia también han sido criticadas. Aunque por fuera del campo de la Historia, desde la teoría feminista, se han propuesto otras explicaciones o interpretaciones de la experiencia que no han puesto el acento únicamente en el lenguaje. Algunas autoras como Iris Marion Young y Linda Martin Alcoff, entre otras, han retomado las tesis de la fenomenología existencialista. La fenomenología de los ‘actos’, adoptada por Edmund Husserl, Maurice Merleau-Ponty y George Herbert Mead, intenta explicar la manera en que los agentes sociales constituyen la realidad social por medio del lenguaje, del gesto y de todo tipo de signos sociales simbólicos (Butler, 1998). Por su parte, Iris Marion Young, considera que la realidad es mediada por el lenguaje y los símbolos, pero reconoce que hay aspectos de la percepción que no están constituidos lingüísticamente. Desde su lectura, la experiencia incluye los sentimientos, los motivos, las reacciones de las y los sujetos, así como la forma en que afectan y son afectados por el contexto en el que están situados. Sin embargo, para Young los sujetos no preceden a la experiencia, sino que son constituidos, productos del lenguaje y de las estructuras que los posicionan en los límites sociales y culturales. En contraste con las propuestas teóricas centradas en el lenguaje, Linda Alcoff ha sostenido que, en ciertas experiencias, hay un núcleo lingüísticamente inarticulable. Para esta autora, la experiencia en muchas ocasiones excede al lenguaje y entiende a la relación entre experiencia y discurso como imperfectamente alineados. De esta forma, estas autoras recuperan la teoría de Merleau-Ponty en que se rescata el aspecto cognitivo de la experiencia sin separar la mente del cuerpo, a lo que la teóricas feministas agregan que no sólo el conocimiento se transmite a través de la experiencia sino que la experiencia produce conocimiento (Bach, 2010).

 
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Recibido: 10/12/2015
Aceptado: 07/03/2016
Publicado: 08/04/2016

 

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