Trabajos y Comunicaciones, 2da. Época, Nº 41, marzo 2015. ISSN 2346-8971
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Departamento de Historia

 

ARTÍCULO/ARTICLE

 

El origen del peronismo. Una aproximación interprovincial

 

Oscar H. Aelo

Grupo de Estudios Socio-Históricos y Políticos, Facultad de Humanidades
Universidad Nacional de Mar del Plata/Red de Estudios sobre el Peronismo
Argentina
oscar.aelo@yahoo.com.ar

 

Cita sugerida: Aelo, O. (2015). El origen del peronismo. Una aproximación interprovincial. Trabajos y Comunicaciones (41). Recuperado de: http://www.trabajosycomunicaciones.fahce.unlp.edu.ar/article/view/TyC2015n41a04

 

Resumen
El debate principal en torno a los orígenes del peronismo se ha desarrollado desde la sociología política, en particular en torno a las características atribuidas a la clase obrera. Esa perspectiva se concentró casi exclusivamente en la capital del país y el Gran Buenos Aires, desdeñando el interior argentino salvo como reservorio de prácticas clientelares. En años recientes, los trabajos que observan el peronismo desde las provincias han avanzado datos y argumentos que de forma un tanto inorgánica han tendido a cuestionar las versiones clásicas. En este artículo, se intenta conjugarestos trabajos, provenientes en su mayoría de una renovada historia política, con el propósito de delinear los contornos de una explicación nacional del origen del peronismo.

Palabras clave: Peronismo; Historia; Política; Historiografía

 

The origin of Peronism. An interprovincial approach

 

Abstract
The maindebate aboutthe originsof Peronismhas developed frompolitical sociology,inparticular concerningthe characteristics attributedto the working class. That perspectivewas concentratedalmost exclusively inthe Capitaland Greater BuenosAires,disdainingtheArgentine interiorexcept as a reservoir of clientelistic practices. In recent years, the studies that analyzing Peronism fromthe provinceshave advanceddata andarguments thatin a somewhatinorganic wayhavetendedto questionthe classic versions. In this article, we try to combinethese works, mostlyfromrenewed politicalhistory, in order tooutline the contoursof a nationalexplanation of the originof Peronism.

Key-words: Peronism; History; Politics; Historiography

 

Introducción

Un lugar particular y destacado en los análisis del peronismo es ocupado por la cuestión de los orígenes del movimiento/partido/régimen liderado por el Coronel Perón. El debate clásico sobre el tema, desarrollado en la primera mitad de la década del setenta, quedó sin embargo concentrado en torno a la capital del país y el denominado Gran Buenos Aires. De esa contraposición de argumentos emergieron ideas iluminadoras sobre el tema. Pero no puede dejarse en el olvido que en términos de la configuración política del peronismo, el área metropolitana a mediados de los años cuarenta concentraba alrededor del 30% del electorado. El otro 70% estaba en el interior del país (incluyendo aquí el interior de la provincia de Buenos Aires). Desde entonces, diversos trabajos que observan el peronismo –no sólo, pero también- sus orígenes en diversos espacios provinciales, han avanzado datos y argumentos que de formas un tanto inorgánicas tienden a cuestionar la versión clásica del debate sobre el tema. En este trabajo, se intenta articular estas nuevas interpretaciones, provenientes en su mayoría de una renovada historia política, con el propósito de delinear los contornos de una explicación interprovincial – es decir, nacional- del origen del peronismo.

El debate original y sus derivaciones

Desde su primer derrocamiento en 1955, e inclusive desde antes, diversas tesituras pretendieron interpretar el significado del peronismo. Entre ellas destacó la ofrecida por Gino Germani (1956, 1962, 1973), quien entiende al peronismo en clave latinoamericana como un ejemplo de “movimiento nacional-popular”. Este tipo de movimiento político emerge en situaciones de transición entrela sociedad tradicional y la moderna, que propician la movilización de grupos sociales hasta entonces pasivos. El efecto más visible de esa movilización social fue el de las migraciones internas rural-urbanas. Esas masas rurales que desbordaban hacia las ciudades se integraban en el mercado laboral urbano, y tendían a conformar una nueva clase obrera. Las carencias de adaptación a su nuevo medio laboral, así como la inexperiencia política o sindical de esos nuevos obreros los colocaban en situación de disponibilidad: vale decir, como masa de maniobra para elites o aventureros demagógicos. Frente a este tipo de explicación –luego denominada ortodoxa- se paraban las revisionistas, asociadas inicialmente con los nombres de Murmis & Portantiero (1972), quienes sustentaron que durante los años treinta se produjo en el país una acelerada industrialización que no fue acompañada por redistribución del ingreso hacia los trabajadores. La común experiencia de sufrir la explotación capitalista unificó como clase obrera a migrantes recientes y residentes urbanos establecidos. Los autores apuntaban que la aproximación del movimiento sindical a Perón fue impulsada especialmente por los líderes de las organizaciones más antiguas, asentadas y poderosas. Estas hipótesis darían lugar a un amplio debate sobre las características y/o la importancia de la clase obrera en la formación inicial del peronismo, y serían continuadas luego por diversos trabajos acerca de la conformación del movimiento sindical antes y durante los orígenes del peronismo (por ejemplo, Del Campo, 1983; Pont, 1984; Matsushita, 1986; Torre, 1988).

Los rasgos principales de este debate enfatizaban en los contornos sociales del nuevo movimiento, pero dejaban en un cono de sombra su transcripción política. En otros términos, no hubo mayor preocupación por indagar en los orígenes políticos del peronismo: de donde provenían sus dirigentes, que influencia tuvieron –si la tuvieron-, como contribuyeron a la definición de los caracteres principales del movimiento. Además, dado que se tendía a suponer que los dirigentes peronistas no eran en rigor tales, sino apenas títeres en las manos del gran prestidigitador, no parecía relevante mayor profundización sobre el asunto. Podía suponerse que el peronismo había tenido una elite dirigente; pero bastaba con una aproximación genérica, sin mayor precisión, como ésta de Germani (1973: 483):

“La elite política peronista era mucho más numerosa que la conducción sindical e incluía no sólo los grupos radicales disidentes sino también otros, como por ejemplo fascistas, nacionalistas de extrema derecha, católicos, falangistas, como también comunistas, trotskistas y otros marxistas […]”

Como se infiere de esta afirmación, que podría considerarse representativa de las visiones de la época, raramente o nunca se había afirmado que los integrantes del viejo Partido Conservador hubieran tenido alguna importancia en la configuración del nuevo movimiento. Así, por ejemplo, en El 45, Perón le dice a Luna (1972: 195-196) que “en la concentración de fuerzas que se nucleó en 1945 había muchos conservadores”, además de afirmar que su origen (de Perón) era conservador; pero no parece que siquiera el autor le haya prestado mayor atención a los dichos del por entonces exiliado líder. En el mismo sentido, Little (1973) califica de “oportunistas” a los dirigentes peronistas que no provenían del laborismo; pero los conservadores no tienen ningún papel en su argumentación. Sin embargo, a partir de finales de los setenta, trabajos provenientes de la sociología política se encaminaron a proponer una nueva hipótesis, adelantada por Llorente (1977) para la provincia de Buenos Aires. Analizando los resultados electorales de 1946, en comparación con los de 1940, el autor consideraba que la clave de la victoria peronista residía en el traspaso de votos conservadores hacia el laborismo, en particular en los distritos más tradicionales del interior. Esta explicación resaltaba la existencia de una “alianza conservadora-laborista” en la provincia, interpretando que los dirigentes conservadores –que suelen ser denominados caudillos- habían mantenido incólumes las relaciones de patronazgo establecidas con las clases populares en los años treinta y, en la efervescente campaña electoral de 1946, no sólo habían indicado el voto a sus clientes sino que directamente se incorporaron al peronismo.

En poco tiempo, este tipo de análisis se propondría como paradigma para explicar el surgimiento del peronismo en el interior del país, con la publicación del compilado de ensayos de Mora y Araujo & Llorente (1980). Las líneas de fuerza del análisis separaban “las dos Argentinas”, remarcando los clivajes horizontales en las áreas industrializadas –el componente clasista del peronismo- y los clivajes verticales en el resto del país: en este caso, había resultado crucial para el peronismo su articulación con componentes tradicionales, arraigadas maquinarias políticas que se desplazaban hacia su integración al nuevo movimiento, donde los elementos populares eran de algún modo arrastrados por sus antiguas elites. En palabras de Mora y Araujo (1980: 49): “El caudillo político siguió siendo importante para controlar a los sectores no organizados y no obreros […] Para este control el peronismo se sirvió con bastante éxito de los aparatos políticos locales del conservadorismo”.

A comienzos de los años noventa, dos estudios que avanzaban en una comprensión más específicamente política del peronismo o sus orígenes, reforzaban aquella línea de análisis. Por un lado, Torre (1990: 166), al señalar los dilemas enfrentados por las fuerzas conservadoras en la crucial campaña electoral de 1945/46, las fuertes acusaciones de que eran objeto por parte de los radicales de la Unión Democrática, destacaba el “vuelco de caudillos conservadores al campo peronista”, y su importante significación electoral, sobre todo en áreas rurales del interior del país, dado “el control electoral que tenían los conservadores sobre los trabajadores del campo”. Por otra parte, el estudio de Tcach (1991) sobre el peronismo de Córdoba, pareció de algún modo ofrecer la demostración empírica de los análisis sociológicos, al establecer las trayectorias políticas de un significativo número de dirigentes peronistas, quienes provenían del conservadorismo. El círculo parecía cerrado; el mismo autor proponía una interpretación que, aunque modestamente reducida al caso cordobés, podría contener al entero interior del país:

“el peso del sector proveniente del conservadurismo parece haber sido importante, al menos, en tres aspectos: por el sesgo ideológico que confirió al peronismo de Córdoba, por su aporte a los niveles de gestión estatal, y por la contribución de sus caudillos departamentales a la organización del partido” (Tcach, 1991: 171).

De este modo, una idea muy diferente de la que se tenía hasta los años setenta se tornaba dominante: la de la crucial influencia de los dirigentes conservadores en el origen del peronismo. La nueva ortodoxia, sin embargo, no está exenta de problemas; unos hacen referencia a la verificación empírica; otros, a la interpretación del proceso histórico. Aunque evidentemente ambos aspectos están interrelacionados, los examinaremos sucesivamente.

Hacia una interpretación alternativa

1. Antecedentes de los dirigentes peronistas

Desde comienzos de los años 2000, una miríada de nuevos trabajos sobre la configuración política del peronismo en las provincias argentinas han venido analizando con mayor precisión las trayectorias políticas de los individuos que se sumaban –o que, a su modo, conformaban- al nuevo movimiento. Para la provincia de Buenos Aires, se ha demostrado la nula injerencia de políticos pertenecientes al Partido Conservador en el origen del peronismo, destacándose por el contrario la fuerte presencia de dirigentes radicales y de hombres provenientes del ámbito sindical como componentes centrales, acompañados por individuos “nuevos” en las lides políticas –militares y civiles-, cuyas premisas ideológicas variaban desde el marxismo hasta las diferentes variantes del nacionalismo (Aelo, 2002). En la provincia de Jujuy el peronismo originario se estructuró a través de dos vertientes; por un lado, un traspaso prácticamente total del radicalismo jujeño, acaudillado por el dirigente yrigoyenista Miguel Tanco; por otro, a través de la militancia obrera, formadora del Partido Laborista –y donde se integraron, además, otros dirigentes radicales (Kindgard, 2002). En Salta, la situación fue semejante, aunque con particularidades. Entre estas, cabe indicar que al momento originario peronista, el radicalismo salteño se fracturó, ingresando una de esas fracciones directamente al nuevo movimiento, y proveyéndole de sus principales cuadros gubernamentales. Al mismo tiempo, se organizaba el Laborismo, integrando militantes y cuadros sindicales, trabajadores en general, y, también, otros dirigentes radicales (Michel, Torino & Correa, 2003). En Tucumán, la presencia obrera y popular se tornó dominante, en función de la representatividad y fortaleza organizativa del sindicalismo azucarero, sin dudas la verdadera columna vertebral del peronismo tucumano. Junto a ellos –o próximos, dada la resistencia de los sindicalistas de esa provincia, como de otras, a juntarse con los políticos- unos pocos cuadros desprendidos de la UCR (Gutiérrez & Rubinstein, 2010). En Catamarca, el aporte principal a la configuración de los cuadros gubernamentales del nuevo movimiento devino de la UCR –aún cuando los integrantes de ese partido que se insertan en el peronismo no eran de primera línea-, y combinando elementos alvearistas e yrigoyenistas (Ariza, 2010); situación diferencial con los casos citados líneas más arriba, donde es neta la mayoría yrigoyenista. Junto a ellos, unos pocos cuadros sindicales (en particular, lo que no sería mayormente sorprendente, de la Unión Ferroviaria y de Empleados de Comercio), y elementos juveniles católicos y nacionalistas “de derecha”, si así quiere denominárselos. En La Rioja, se articulan dos fracciones provenientes de la Unión Cívica Radical –curiosamente, los más progresistas y los más conservadores- junto a unos pocos cuadros sindicales (Albarez Gómez, 2012). Similarmente, en Santiago del Estero es notoria la presencia de dirigentes radicales –tanto personalistas cuanto antipersonalistas- en la fluida conformación del Laborismo santiagueño (al punto que el apoderado de ese partido sería un veterano dirigente radical de extracción yrigoyenista), quedando en posición subordinada los dirigentes sindicales (Martínez, 2008). En Santa Fe, el problema bajo examen se plantea de forma diferente, ya que como advertía Macor (2003), en esta provincia no había un Partido Conservador fuerte, y por ende la continuidad del peronismo con esta fuerza ni siquiera podría plantearse. ¿De dónde extrae el peronismo santafesino sus cuadros? El mismo autor lo ha consignado: elementos juveniles del catolicismo y del nacionalismo, y una fuerte impronta de dirigentes radicales no siempre de segunda línea. Junto a ellos, dirigentes laboristas emergentes del movimiento obrero. En Mendoza, un nutrido contingente de radicales (yrigoyenistas, en su mayoría, y algunos lencinistas) constituirían los principales cuadros del nuevo movimiento, acompañados por algunas fracciones del sindicalismo local (Garzón Rogé, 2010b). En Corrientes, la única provincia donde el peronismo resultaría perdedor, sus cuadros dirigentes originales provendrán del radicalismo, el nacionalismo y el movimiento sindical (Solís Carnicer, 2009). E inclusive, recientemente Achával Becú (2010) ha reinterpretado el origen del peronismo en la provincia de Córdoba, destacando la presencia de radicales (exsabattinistas e yrigoyenistas, principalmente), y dirigentes sindicales de orientación social-cristiana, quienes constituyeron el laborismo (donde también se incorporaron dirigentes radicales), considerándose muy secundario el aporte conservador e inclusive católico. Del mismo modo, un análisis sobre un departamento de esa provincia (Río Cuarto) coincide en señalar la fuerte presencia radical en el peronismo naciente (Camaño, 2013).

En este punto, podría ser ilustrativo observar en conjunto los antecedentes de dos segmentos de los emergentes dirigentes peronistas, constituidos por los gobernadores y vicegobernadores electos, en primer lugar, y los senadores nacionales en segundo lugar.

Cuadro 1. Gobernadores y vicegobernadores peronistas, 1946

Provincia

Nombre

Cargo

Antecedentes

Observaciones

Buenos Aires

Domingo Mercante

Gobernador

Militar

Coronel

Buenos Aires

Juan Machado

Vicegobernador

UCR


Catamarca

Pacífico Rodríguez

Gobernador

UCR

antipersonalista

Catamarca

Juan León Córdoba

Vicegobernador

UCR

antipersonalista

Córdoba

Argentino Auchter

Gobernador

UCR


Córdoba

Ramón Asis

Vicegobernador

UCR


Entre Ríos

Héctor Domingo Maya

Gobernador

UCR

Forja

Entre Ríos

Luis Chaile

Vicegobernador

S/D


Jujuy

Alberto Iturbe

Gobernador

UCR


Jujuy

Juan José Castro

Vicegobernador

UCR


La Rioja

Leovino Martínez

Gobernador

UCR


La Rioja

José Francisco de la Vega

Vicegobernador

UCR


Mendoza

Faustino Picallo

Gobernador

UCR


Mendoza

Rafael Tabanera

Vicegobernador

UCR


Salta

Lucio Cornejo Linares

Gobernador

UCR


Salta

Roberto San Millán

Vicegobernador

UCR


San Juan

Juan Alvarado

Gobernador

UCR

Forja

San Juan

Ruperto Godoy

Vicegobernador

PDP


San Luis

Ricardo Zavala Ortiz

Gobernador

UCR


Santa Fe

Leandro Meiners

Gobernador

UCR


Santa Fe

Waldino Suárez

Gobernador

Catolicismo

Ab. laboral

Santa Fe

Juan Pardal

Vicegobernador

UCR


S. del Estero

Aristóbulo Mittelbach

Gobernador

Militar

Tte. Coronel

Tucumán

Carlos Domínguez

Gobernador

Militar

Mayor

Fuente: elaboración propia, basada en la bibliografía citada.

 

Cuadro 2. Senadores nacionales peronistas, 1946

Provincia

Nombre

Antecedentes

Observaciones

Buenos Aires

Alfredo Busquet

UCR


Buenos Aires

Alfredo J. L. Arrieta

Militar


Capital Federal

Alberto Teisaire

Militar


Capital Federal

Diego Luis Molinari

UCR


Catamarca

Julio Herrera

“Nuevo”


Catamarca

Vicente LeonidasSaadi

“Nuevo”


Córdoba

Osvaldo Amelotti

Sindicalista

U.F.

Córdoba

Felipe Gómez del Junco

UCR


Entre Ríos

Juan Carlos Basaldúa

UCR


Entre Ríos

Ricardo Octavio Lorenzón

--


Jujuy

Samuel Gómez Henríquez

UCR


Jujuy

Miguel A. Tanco

UCR


La Rioja

César Vallejo

Sindicalista


La Rioja

Ramón LindorMartínez

UCR


Mendoza

Lorenzo Soler

UCR


Mendoza

AlejandroMathus Hoyos

UCR


Salta

Alberto Durand

UCR


Salta

ErnestoBavio

UCR


San Juan

Oscar Tascheret

UCR


San Juan

Pablo Antonio Ramella

A. Católica


San Luis

Gilberto Sosa Loyola

UCR


San Luis

Francisco R. Luco

UCR


Santa Fe

DemetrioFigueiras

Sindicalista


Santa Fe

Armando G. Antille

UCR


S. del Estero

Justiniano De La Zerda

UCR

Prob. Antipersonalista

S. del Estero

Arcadio B.Avendaño

------


Tucumán

Luis Cruz

Sindicalista

Fraternidad

Tucumán

Juan Fernando De Lázaro

-------

Prof. Universitario

Fuente: elaboración propia, basada en la bibliografía citada.

En el primer caso, sobre 24 gobernadores y vicegobernadores electos, se puede observar que 18 provienen de la UCR, 1 del Partido Demócrata Progresista, 1 del catolicismo y 3 de la institución militar (de un individuo no se encontraron datos). Cabría indicarse que los candidatos correntinos, que resultaron perdedores, provenían del Ejército (José Ramón Virasoro) y de la Alianza Libertadora Nacionalista (Santiago Ballejos). En el caso de los 28 senadores nacionales (se recuerda que en 1946 las senadurías por Corrientes quedaron vacantes) puede verse que 16 provienen del radicalismo, 4 del ámbito sindical, 2 de las Fuerzas Armadas, 2 son hombres sin trayectoria política previa, y 1 de la Acción Católica (de 3 senadores no he encontrado antecedentes).Nótese, en este punto, que los senadores nacionales eran electos por las Legislaturas de las respectivas provincias y por lo tanto, amén de influencias, presiones y artimañas, también expresaban las relaciones de fuerza al interior de las mismas.

Partiendo entonces de la articulación de los trabajos actuales sobre el peronismo en provincias es posible afirmar que la presencia conservadora en el peronismo fue rotundamente secundaria y marginal. Ciertamente, no estamos afirmando que algunos dirigentes conservadores no intentaran dar el salto, o efectivamente lo dieran; se trata por el contrario de destacar que en las provincias los dirigentes conservadores tuvieron notorias dificultades, o imposibilidades, para colocarse en puestos relevantes de la conducción política del peronismo emergente.

2. Clases populares y elites locales

Un segundo problema que deriva de la interpretación socio-política de finales de los setenta se relaciona con las grupos y clases sociales del interior del país que se incorporaron al peronismo. Simplificando acaso en extremo la cuestión, tendríamos por un lado las elites, y por otro las masas. Comencemos por este segundo término de la ecuación. Para las interpretaciones sociopolíticas, los grupos populares no se integraron, sino más bien fueron integrados al peronismo, porque, como gráficamente lo expresara Llorente (1977: 85): “en este tipo de comunidades bastante inaccesible a las influencias de origen nacional y gobernadas desde adentro, fue crucial para el peronismo poder contar con los dirigentes conservadores, quienes obraron como correa de transmisión política, posibilitando su triunfo”. Posteriormente, pero dentro de la misma idea, se consideró que la dominación tradicional, en vastas regiones del interior del país, se habría mantenido sin mella hasta que, un tanto imprevistamente, las clases populares habrían abandonado la deferencia hacia sus principales, una vez el peronismo hubiera de llegar al poder (Mackinnon, 1996). La estática imagen del control que los caudillos conservadores habrían tenido sobre sus clientelas no se apoyaba en ninguna evidencia empírica específica, sino apenas en una impresión o supuesto acerca de cómo habrían sido las relaciones políticas en la Argentina interior de mediados de los cuarenta. Al mismo tiempo, se advierte cierta imprecisión en torno al concepto de movilización, la cual se reputa por definición inexistente en el interior argentino, aunque sin mayor aclaración sobre el alcance del término. Actualmente, desde perspectivas politológicas se ha venido revalorizando el concepto de movilización, en particular desde el uso germaniano del término, aunque desligándolo de sus connotaciones teleológicas, modernizantes o funcionalistas (Pérez, 2007). Intentando avanzar en este camino, acaso sería útil recordar las nociones aportadas por Di Tella (2003: 85): “la movilización social…implica simplemente la ruptura de lazos comunitarios tradicionales y de deferencia hacia las jerarquías sociales”; proceso que genera una “puesta en disponibilidad”, especialmente para masas sin mayor experiencia organizativa autónoma. Un aspecto de esta movilización es la migración interna –de aquí la relevancia de este fenómeno en la explicación de Germani. Pero en el interior, donde no hubo inmigración interna, sino emigración, en la coyuntura crucial de 1945, ¿hubo movilización en este sentido de ruptura de la deferencia? ¿O las clases populares permanecían inmóviles, apáticas a la política, atadas a relaciones clientelares?Como poco a poco se ha venido comprobando, no faltaba en diversas regiones del interior argentino ni conflicto social, ni organización popular. En algunas provincias, la fuerte impronta de la organización sindical fue decisiva para la conformación del peronismo como fuerza política mayoritaria: Tucumán, en primer lugar, Jujuy, en segundo, serían casos ejemplares (Kindgard, 2010; Rubinstein, 2006; otros casos en Ascolani, 2004). En qué modos, formas, particularidades, el nuevo movimientopudo canalizar esa no siempre latente conflictividad social se presenta como una línea de indagación inestimable para avanzar en el conocimiento del peronismo entendido como emergente de un movimiento de masas, que no se limitaba al Gran Buenos Aires. Aún con la carencia de investigaciones específicas sobre el tema, se tiene la impresión -acaso una forma rudimentaria de expresar una hipótesis de investigación- que la emergencia de un liderazgo de carácter nacional-popular como el que personificaba Perón en 1945 entroncaba con ciertas tradiciones o actitudes de las clases populares –no sindicalizadas-, un tipo de liderazgo al que Di Tella denomina “caudillista movilizador”, y que en cualquier caso es radicalmente opuesto a la dominación tradicional, clientelar, conservadora. En este punto, no puede dejar de indicarse que la febril campaña electoral, el activismo político peronista, y de sus contrincantes, incluyendo las giras y discursos de los principales candidatos por las provincias argentinas, difícilmente podría haber dejado a las personas indiferentes. En opinión de Torre (1990: 203) esa fue justamente “la obra de la campaña electoral, al generalizar a las regiones más periféricas el estado de movilización que ya conocían los principales centros urbanos”. Por lo demás, esta es la impresión que predomina en ese vasto fresco de la Argentina en 1945 escrito por Félix Luna, especialmente cuando el autor recuerda sus experiencias como militante radical en la campaña electoral:

“Fines de enero en La Rioja. Yo, hijo del candidato a gobernador, tratando de ser útil, pero, seguramente, estorbando. Acto de proclamación de Tamborini-Mosca […] Exultantes, hacemos un desfile de automóviles que recorre la ciudad y los alrededores. Tiramos volantes […] Unos changuitos color tierra han salido corriendo de su rancho para recoger los volantes. Los saludamos con la mano mientras nos alejamos. Clarito alcanza a escucharse: -¡Viva Perón!” (Luna, 1972: 450).

Un breve comentario sobre las elites locales que se incorporaron al peronismo. En varios análisis del populismo, elites y masas son los componentes primordiales, aunque curiosamente las primeras no han recibido una atención proporcional respecto a las segundas. Suele suponerse, un tanto apresuradamente, que los grupos políticos que se incorporaron al peronismo eran representantes directos de las elites económicas o sociales provinciales. Así, Di Tella, para remarcar la diferencia entre el peronismo y las experiencias socialdemócratas europeas insiste en el carácter diferencial de las elites. Para el tema que tratamos ahora, lo importante a retener es que este autor considera que el peronismo incorporó a “núcleos minoritarios pero estratégicos de…las clases altas, sobre todo provinciales” (Di Tella, 2004: 146). De aquí, se sigue bastante directamente que los conservadores que se suman al nuevo movimiento representan tales grupos económico-sociales. Una crítica exhaustiva de este supuesto sería una ardua tarea, en función tanto de las carencias de información empírica cuanto de una necesaria revisión conceptual. Por una parte, debería analizarse la estructura socioeconómica de las provincias, los sectores económicos principales, las formas de trabajo, las relaciones de producción dominantes, etc. A su vez, “clases altas” es una expresión bastante imprecisa. ¿Será sinónimo de clase dominante? ¿De burguesía? Si fuera alguno de estos casos, ¿habría que pensar que tal clase se encontraría fraccionada de acuerdo a los límites administrativos de las provincias? En cualquier caso, de los trabajos recientes sobre el origen del peronismo en las provincias, puede observarse que el personal político reclutado por el nuevo movimiento no parece ser particularmente elitista, en el sentido de formar parte, de algún modo, de los grupos dominantes económica o socialmente1. Más importantees que esos mismos estudios tienden a destacar una creciente autonomía de la política, desde bastante antes del surgimiento del peronismo –probablemente, desde la sanción de la ley de voto obligatorio en 1912- lo cual, aunado a una cierta diversificación de las actividades productivas “permitía que las elites políticas no necesariamente coincidieran con las económicas” (Garzón Rogé, 2010a: 100).

3. Estado y elites estatales

La supuesta manutención de firmes relaciones de clientela entre líderes conservadores y su electorado en las elecciones de 1946 no ha siquiera advertido el rol del Estado en la destrucción de antiguas lealtades. En este sentido, Sidicaro había propuesto algunas hipótesis por demás interesantes. Para el autor, al momento original del peronismo se combinaban una crisis de la dominación social –abierta desde 1930-, y un acrecentado intervencionismo estatal sobre todo desde 1943. En ese marco, los sectores políticos “promotores del peronismo…trataron de conseguir los apoyos sociales que les permitieran legitimar y conservar el control de la estructura estatal”, lo cual contribuyó a una intensa politización del conflicto social (Sidicaro, 1998: 155). Está claro que el autor está pensando en torno a la integración obrera al nuevo movimiento. Pero el razonamiento parece pertinente para enfocar las modalidades “estatales” de configuración original del peronismo en el interior argentino. Un mínimo esbozo debe comenzar recordando que la Revolución de 1943, además de sus diatribas contra el fraude conservador, intervino todos los gobiernos provinciales, designando funcionarios desde el poder central. El inventario de la actividad político-administrativa de los Interventores Federales de la Revolución de Junio está aún por hacerse. Sin embargo, desde finales de 1944-comienzos de 1945, esa actividad parece haber tenido una lógica similar. En principio, para entonces el Coronel Perón se ha convertido en el hombre fuerte de la Revolución militar embarcándose en el ambicioso proyecto político de acceder al poder a través de medios constitucionales. En este punto, sea a través de la designación de nuevos Interventores, o manteniendo a quienes ya estaban, la lógica política de las Intervenciones Federales se desplaza: de la insistencia en la moralidad administrativa hacia el pleno impulso a la candidatura presidencial de Perón –aún cuando este insistiera en que no sería candidato. Ejemplificaremos con tres casos. En primer lugar, la provincia de Buenos Aires, con la designación de Juan A. Bramuglia como Interventor Federal. Hombre de pasado socialista y muy vinculado a Perón, Bramuglia integró reconocidos dirigentes radicales en su gabinete. El objetivo era bastante obvio: provocar una disidencia en el partido Radical que se aviniera a colaborar en el diagrama peronista. También con ese propósito fue utilizado el cargo de comisionado municipal, designando individuos de cierto arraigo en la localidad y sin compromisos con el fraude conservador (Rein, 1999; Aelo, 2002). Cuando se abrió la campaña electoral a finales de 1945, los gobiernos municipales en manos de los comisionados se transformaron en una fuente directa de activismo político peronista. Los recursos del poder estatal (en este caso, municipal) fueron utilizados sin medias tintas en favor del proyecto emergente, situación que no pasó desapercibida para los opositores, muy especialmente los conservadores, quienes nada injustificadamente pero acaso olvidando lo que habían sido sus prácticas habituales, la criticaron ácidamente:

“Para cumplir el plan de propaganda electoral a cargo de los comisionados municipales, los presupuestos respectivos se han elevado en forma desproporcionada. Se ha organizado, así, una máquina electoral de singular eficacia para el candidato que contaba con el apoyo oficial”.2

Similarmente en Santa Fe, donde el ministro de gobierno de la Intervención Federal, Leandro Meiners (luego gobernador electo), hombre de pasado radical, se dedica insistentemente desde el gobierno provincial a cuestionar el carácter democrático de la oposición política, mientras al mismo tiempo se dedica a reclutar militantes para el nuevo movimiento (Macor, 1993). En Mendoza, hacia comienzos de 1945 asume la intervención federal el Gral. Aristóbulo Vargas Belmonte, quien luego de un comienzo vacilante, raudamente se propuso integrar dirigentes radicales a su gobierno (yrigoyenistas principalmente, pero también lencinistas). En este sentido, el paso decisivo fue la designación de Faustino Picallo (quien sería, luego, el electo gobernador peronista) como comisionado municipal en la capital de la provincia (desplazando, significativamente, al anterior comisionado conservador) y, en pocos meses, todas las intendencias estarán encabezadas por funcionarios radicales (Álvarez, 2003). Para los observadores de la época, estas situaciones se extendían por todas las provincias, coadyuvando desde el poder estatal a la construcción del peronismo emergente:

“La ciudadanía no tendrá comicios libres para elegir a sus mandatarios, si previamente no se procede a desmontar una máquina electoral organizada con todos los recursos imaginables del Estado por funcionarios designados con criterio exclusivamente político…En este sentido la mayoría de los interventores respondían y responden a las directivas políticas de quien alejado hoy del gobierno se apresta a proclamar su candidatura.”3

Un aspecto particular de la utilización del Estado como instrumento de reclutamiento político reside en la Secretaría de Trabajo y Previsión. Largamente analizada en torno a la nueva, o vieja, o ambas, clases obreras en el centro del país, suele suponerse un activo papel de tal agencia en el reclutamiento de liderazgos obreros en el interior argentino. La información, al menos hasta donde la conocemos, resulta un tanto fragmentaria, aunque parece que, efectivamente, las delegaciones regionales de la Secretaría tuvieron un importante papel, desgajando y atrayendo hacia la nueva alternativa política diversos militantes y cuadros sindicales. Al menos, eso se desprende de la actividad de los delegados regionales de la STP en Tucumán, en Salta, en Corrientes, en Santiago del Estero, inclusive en Santa Fe. No siempre esa actividad de las delegaciones regionales fue exitosa (como en Mendoza), ni tuvo mayor relevancia política (como en Buenos Aires). Pero en cualquier caso, esa actividad politizaba el conflicto social preexistente, obligando a las direcciones sindicales –o a grupos internos en los distintos sindicatos- a tomar partido.

Consideraciones finales

Sería una obviedad decir que el peronismo, como fuerza política, se formó originariamente con un material humano moldeadoen los avatares políticos de la Argentina previa: agobiada por la crisis del consenso liberal, tironeada por la tormenta del mundo. En cierto sentido, todos los elementos que se sumaron a la nueva fuerza política fueron tradicionales: ¿qué otra cosa podrían ser? Militares, sindicalistas, radicales, católicos, nacionalistas: todos fueron actores, o espectadores, durante la década infame, y unos cuantos aún anteriormente. Pero de allí no se sigue que los conservadores tuvieran un peso propio, una influencia decisiva en la conformación del peronismo. En rigor, los estudios actuales sobre el origen del peronismo en las provincias argentinas, que aquí se ha tratado de hilvanar, no comprueban empíricamente aquella hipótesis. Sin duda que el movimiento político que surgía hacia 1945 era heterogéneo y polifacético. Pero sin duda también, era menos heterogéneo si observamos sus componentes principales: radicales y laboristas, separados o mezclados, disputando y colaborando entre sí. En ambos, gentes nuevas en las lides políticas. Algunos, de la lucha social hacia la arena política; otros, dirigentesmenores, de escaso relieve, de comité más que de actuación pública relevante.

¿Cuál habría sido la influencia de estos actores en la conformación de una identidad política peronista? Así como Rein (1998) ha enfatizado en señalar la impronta que la segunda línea del liderazgo peronista habría tenido en la conformación inicial del movimiento (refiriéndose, el autor, al plano nacional) la diversidad de componentes que en cada provincia se incorporaron al naciente peronismo torna difícil una definición específica. “Tradición de mezcla” la ha llamado Macor (2003). No estoy en desacuerdo con esta idea, en tanto y cuanto no se considere –como parece hacerse, implícitamente, una y otra vez- que una vez definido el origen se habría obtenido la clave para interpretar el peronismo en su totalidad. Porque, entiendo, el crisol peronista no estuvo definido de una vez para siempre, y porque los actores políticos peronistas redefinieron, al vaivén de su actividad práctica, la identidad política que estaban contribuyendo a conformar.

 

Nota

1 De acuerdo a las investigaciones hasta ahora existentes, el caso de Salta podría abonar esta interpretación.

2 Nota del apoderado del Partido Conservador (José Verzura) a la Junta Electoral, en La Nación, 4 de marzo de 1946. En el mismo sentido, los socialistas afirmaban: “Las municipalidades, todas, todas, absolutamente todas, reducidas como en ninguna época anterior [...] a meras cosas al servicio de la candidatura oficial”. El Trabajo, 2 de marzo de 1946.

3 El Litoral, 30/10/1945.

 
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Recibido: 01/07/2014
Aprobado: 20/04/2015
Publicado: 01/03/15

 

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